EL RESETEO DE LAS ÉLITES: EL DORMITORIO PLUTOCRÁTICO Y LA DEVALUACIÓN DE LA DIGNIDAD

Por: Marco Enrique Hernández Mariángel. Abogado e integrante del Consejo Editorial de Crónica Digital.

Crónica Digital. 6 noviembre, 2026

Hay momentos en que las máscaras del poder no se caen por la fuerza de la oposición, sino por la propia podredumbre de sus contradicciones. La promesa de “orden, autoridad y prosperidad” con la que la derecha ultraconservadora desembarcó en La Moneda se ha desmoronado en un espectáculo diario de cinismo, de mentiras, impericia, y degradación institucional. Lo que la ciudadanía presencia no es un simple conjunto de errores no forzados ni la torpeza inofensiva de un gabinete novato; es el despliegue impúdico de una matriz de poder que concibe al Estado como un botín privado y a la soberanía popular como una anomalía que debe ser domesticada mediante la desinformación y el garrote.

En el centro de esta deriva se encuentra la histórica responsabilidad de las élites chilenas: una oligarquía pro–avara, insaciable e irresponsable que, por puro cálculo financiero y codicia, no duda en desestabilizar la economía y vulnerar la paz social. Son las mismas castas privilegiadas que, por años, ahogaron al país en el chantaje del pánico económico, fugando miles de millones de dólares hacia guaridas fiscales en el extranjero para descapitalizar la nación. Hoy, bajo la mirada complaciente y el manto de impunidad que les ofrece el Gobierno de José Antonio Kast, traen de vuelta esos capitales para blanquearlos sin costo, consolidando una captura del Estado que destruye el bienestar conquistado lucha tras lucha por un pueblo sistemáticamente precarizado por el modelo neoliberal.

La infamia de los perdonazos: Impunidad y cinismo gubernamental

El escándalo de los 56 decretos firmados entre gallos y medianoche para otorgar rebajas de condena e impunidad a violadores de niños, así como a criminales vinculados a las violaciones a los derechos humanos, ha dejado al descubierto la verdadera y ruin estatura moral de esta Administración. Aquellos que hicieron del discurso de la “mano dura” y la “tolerancia cero” su bandera electoral, hoy ejecutan una performance gubernamental francamente indignante: una impostura de pulcritud institucional que se cae a pedazos frente a su permisividad nauseabunda.

Resulta una atrocidad moral e insostenible que, mientras a las familias trabajadoras se les exige resignación y se les aplica todo el peso de la ley, el Ejecutivo estampe su firma para beneficiar a depredadores de la infancia. Frente al previsible argumento oficialista de que se trata de “atribuciones administrativas de rutina” o de un mero “despiste burocrático”, la realidad jurídica es lapidaria: no hay aquí una simple falla procedimental, sino una agenda deliberada de impunidad selectiva mientras se endurece la persecución y el castigo contra el pueblo llano.

La huida en solitario y el patético final de Luis Silva

En medio de este atolladero moral, la salida forzada del Subsecretario de Justicia, Luis Silva, terminó por dibujar el retrato más fiel de la pequeñez política y la descomposición interna de un Gobierno acorralado. Atrapado en el torbellino de los decretos que él mismo visó para beneficiar a agresores y violadores de menores, el autodenominado “profesor” decidió grabar un video unilateral para sus redes sociales. En un acto de profunda soberbia e infantilismo político, creyó que podía zafar del escarnio tirándole el tejo al Ministro de Justicia, Fernando Rabat, y justificando su actuación a espaldas de La Moneda.

Esa sola maniobra resume la catadura moral de estos autoproclamados próceres: cuando la papa quema, el “rigor institucional” se reduce a un sálvese quien pueda. Pretender dar lecciones de derecho público mientras se difunden registros por plataformas digitales para eludir responsabilidades ministeriales no es de estadistas; es de aficionados desesperados que confunden la gestión del Estado con una estrategia de marketing. Ante los intentos de la defensa gubernamental por blindar al Ejecutivo señalando que la renuncia sella el asunto, su remoción solamente confirma que en el barco de la restauración conservadora, cuando empieza el naufragio, los primeros en saltar son los más pusilánimes.

El reseteo económico y la crisis como diseño

El deterioro macroeconómico y social que experimenta Chile no es un accidente de trayectoria ni una fatalidad exógena importada de crisis internacionales, sino un diseño estratégico al servicio del 1% más rico. Las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) para el trimestre móvil son incontestables y desarman cualquier intento de relativización tecnocrática: una tasa de desocupación desbocada que trepa implacable al 9,8% a nivel nacional superando el millón de desocupados, profundizando la informalidad laboral por sobre el 27% y golpeando con especial crueldad a las mujeres y a la juventud, sumada a una inflación persistente en los alimentos y bienes de primera necesidad que pulveriza mes a mes el poder adquisitivo real de los salarios.

Frente a la excusa recurrente de los apologistas del modelo de que la cesantía responde a factores puramente externos, la evidencia demuestra que asistimos a un intento de reseteo estructural de la acumulación. La profundización deliberada de la incertidumbre laboral y el congelamiento salarial operan como instrumentos de disciplina social para forzar a la clase trabajadora a aceptar condiciones de precarización extrema. Mientras el costo de la vida asfixia a los hogares chilenos, los grandes conglomerados financieros continúan reportando utilidades abultadas y retiros masivos de capital, ejecutando una transferencia de riqueza sin precedentes desde los bolsillos de las mayorías hacia las arcas de una plutocracia blindada.

Como advertía el sociólogo crítico Boaventura de Sousa Santos al analizar las derivas fascistas y plutocráticas del siglo XXI: “El neoliberalismo en su fase autoritaria no busca convencer, busca exhaustar; no construye ciudadanía, produce sujetos endeudados y resignados para transformar la democracia en una cáscara vacía al servicio del capital financiero”. Si este curso no se detiene, el horizonte no es la modernización ni el desarrollo, sino la feudalización de la sociedad chilena, donde la ciudadanía queda reducida a la condición de vasallaje frente a un empresariado prebendario y sin proyecto nacional.

La genuflexión exterior, el aislamiento y el colapso en la opinión pública

Esa misma lógica de subordinación que la plutocracia impone en lo interno es la que rige su desastrosa actuación en el plano internacional. A la crisis económica se suma el patético naufragio de su política exterior. La adhesión entreguista al “Escudo de las Américas” y la diplomacia de la genuflexión desplegada en Miami ante el proyecto de Donald Trump han dejado al Gobierno chileno colgado de una brocha geopolítica. Frente al argumento de la derecha de que se trata de un simple “memorándum de cooperación policial de rutina” que exime el trámite legislativo, la doctrina constitucional es categórica: el Artículo 54 N° 1 de nuestra Carta Magna no se elude cambiando el rótulo de un documento. Lo que define la obligatoriedad del paso por el Congreso es la sustancia de los compromisos adquiridos: el intercambio automático de inteligencia sensible, la cesión operativa de bases de datos y la subordinación a directrices de seguridad extranjera, los cuales configuran un fraude a la ley y una afectación directa a la soberanía nacional.

Tras la estruendosa derrota política y el repliegue de la agenda ultra de Trump en el escenario internacional, los lastimeros aliados del Cono Sur con Kast a la cabeza han quedado al desnudo como peones de un tablero ajeno que ya nadie respeta. Hipotecaron la neutralidad histórica y el multilateralismo de la República a cambio de una foto y una palmada en la espalda que solo se traduce en bochorno diplomático y flancos comerciales innecesarios.

Este entramado de soberbia ideológica, servilismo exterior y desaciertos cotidianos ya le pasa una factura irreversible en el ánimo nacional. Los últimos estudios de opinión pública demuestran un desplome histórico: una aprobación presidencial reducida a un magro tramo del 24% y un rechazo ciudadano que escala hasta el 68%. Más categórico aún es el índice de desesperanza sistémica, donde más del 70% de la población ratifica que el país “transita por el camino equivocado” y que las expectativas de bienestar social fueron frontalmente traicionadas. La acumulación de torpezas y decenas de errores no forzados refleja la incultura democrática de una élite incapaz de administrar para el bien común.

La esperanza está en la conciencia y la lucha popular

Sin embargo, el pánico eterno de las élites ha sido, y seguirá siendo, la toma de conciencia de las mayorías. La historia de Chile no se ha escrito jamás en los salones reservados de los directorios ni en las componendas de palacio, sino en la forja de las luchas colectivas de sus trabajadores y trabajadoras por la conquista irrenunciable de su dignidad.

Frente a la mentira institucionalizada y la prepotencia de una oligarquía amparada por el poder de turno, surge la imperiosa necesidad de articular una respuesta amplia, democrática y profundamente patriótica. La ciudadanía despierta de su letargo; comprende con absoluta claridad que la defensa del trabajo digno, de la salud, de las pensiones y de los bienes comunes exige ponerse de pie. La verdadera grandeza de la Patria no reside en la genuflexión ante imperios extranjeros ni en la impunidad de los privilegiados: habita en la determinación inclaudicable de un pueblo que se niega a ser esclavo y que exige, con la fuerza inagotable e indestructible de la razón y la historia, ser dueño absoluto de su propio destino.

Crónica Digital.

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