Por : Álvaro Ramis OlivosTeólogo, doctor en filosofía, Presidente Centro de Estudios Territorio y Comunidad. – El mostrador - 07 de noviembre 2026
Ningún ciclo reaccionario se cae por su propio peso. En Estados Unidos hubo candidatos que se atrevieron a ofrecer algo mejor sin pedir perdón por sus ideas, y el electorado los acompañó.
El martes, el Partido Demócrata recuperó las dos cámaras del Congreso de Estados Unidos, y varias de sus victorias más llamativas las consiguieron candidatos que no se disfrazaron. A Abdul El-Sayed, hijo de inmigrantes egipcios y crítico de la ayuda militar a Israel, el Partido Republicano de Míchigan lo llamó “comunista loco” durante toda la campaña. Ahora será el primer senador musulmán del país. En Texas, Gina Hinojosa le ganó a Greg Abbott hablando del costo de la vida en un estado que los demócratas no gobernaban desde 1995. Desde Santiago sería un error copiar ese resultado como receta, pero también sería un error ignorarlo.
En Chile, buena parte de la oposición sigue convencida de que a la ultraderecha se le gana corriéndose al centro y evitando cualquier voluntad de transformación. El martes, a quienes hablaron de arriendos, salud y salarios sin esconder sus convicciones les fue bien, incluso en territorios que se daban por perdidos.
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Cuando la oposición chilena discute la megarreforma tributaria de Kast en el terreno que fija el Gobierno, corrigiendo un tramo acá y una exención allá, acepta su marco y su vocabulario. Las plataformas digitales, que hoy ordenan buena parte de la conversación pública, premian a quien llega con algo claro que decir. La prudencia excesiva ahí no se percibe como sensatez, apenas se percibe.
La derecha radical creyó que el triunfo de Trump en 2024 era también el triunfo de su guerra contra la diversidad, y exportó ese libreto a medio mundo. Acá lo adaptaron a su manera: burlas contra migrantes, contra disidencias sexuales, contra pueblos indígenas, y hasta un diputado riéndose de niños. Dos años después, el electorado estadounidense eligió a un senador musulmán, al primer hombre abiertamente gay que llega al Senado por voto popular, a una gobernadora latina en Texas, a Deb Haaland en Nuevo México y a Keisha Lance Bottoms en Georgia.
Hasta Florida, donde ganó el republicano Byron Donalds, tendrá por primera vez un gobernador negro. En redes esa cruzada cultural circula con facilidad. En una elección con millones de votantes de carne y hueso, el rendimiento fue bastante más modesto.
Con Israel pasó algo parecido y es quizá el cambio de fondo más importante. Durante décadas, apoyarlo sin condiciones fue un consenso de ambos partidos en Washington, sostenido con muchísimo dinero. Esta vez, candidatos que criticaron abiertamente la conducción de Netanyahu en Gaza ganaron sin sobresaltos.
Chile, que tiene la mayor comunidad de origen palestino fuera del mundo árabe y una sensibilidad sobre el tema que cruza partidos, debería mirarlo con atención. Un Gobierno que pretenda alinearse con la agenda de Washington en Medio Oriente puede descubrir que está copiando una posición que en Estados Unidos ya empezó a abandonarse.
Los ciclos políticos se han vuelto cortos. Desde 2006, ninguna coalición chilena ha logrado sucederse a sí misma en La Moneda. En Estados Unidos, el impulso reaccionario de 2023-2024 se desinfló en dos años por la distancia entre lo prometido y lo entregado. Kast no cumple un año de gobierno y ya carga con un desempleo de 9,8%, el Decreto 333 en salud y una austeridad que no ha traído el crecimiento anunciado.
Todavía no sabemos qué orientación tendrá el ciclo siguiente, ni allá ni acá. Lo que se puede anticipar es quién tiene más posibilidades de darle forma.
Ese ciclo no lo van a definir los diagnósticos, que sobran, sino la voluntad política. Entiendo por tal algo más exigente que el entusiasmo de campaña. Es la decisión sostenida de convertir un malestar difuso en un proyecto, y ese proyecto en mayoría.
Gramsci llamaba “pesimismo de la inteligencia” a la lucidez sobre las condiciones adversas, y sabía que esa lucidez, sola, conduce a la parálisis. La izquierda chilena tiene inteligencia de sobra para explicar por qué perdió en 2025. Le ha faltado el otro término de la fórmula. Mientras una parte de la oposición espera que el Gobierno se desgaste solo, la ultraderecha demostró que se puede gobernar con minoría social y voluntad de sobra. El vacío lo llena quien se atreve a ocuparlo y por eso esperar el desgaste ajeno no es una estrategia.
Al Gobierno y a sus aliados les sigue pareciendo rentable el fantasma del comunismo. A El-Sayed se lo agitaron desde la primera semana y no le sirvió a nadie. Fuera del núcleo convencido, esa amenaza ya no mueve mucho. A quien todavía paga el CAE diez años después de egresar, o a quien vio caer su fondo de pensiones por apuestas con swaps de tasas estadounidenses, la disputa entre capitalismo y comunismo le suena a otra época. Esas personas están viendo que el modelo bajo el cual viven les rinde cada año un poco menos y esperan que alguien tenga la decisión de cambiarlo.
En Brasil, en 2022, y ahora en Estados Unidos, el voto femenino masivo fue decisivo para frenar a la extrema derecha, porque las mujeres son el grupo donde menos ha prendido su discurso. En Chile el voto es obligatorio, así que ese electorado ya está en las urnas. Falta saber quién le habla en serio del desempleo femenino, del cuidado que nadie paga y de la inseguridad que se vive en la micro y en la feria.
Los dueños de las grandes plataformas tecnológicas, que se consideran a sí mismos la inteligencia más avanzada de la especie, cometieron el error político elemental de amarrarse a Trump. Hoy los rechaza una mayoría amplia de los estadounidenses y se anuncian regulaciones y demandas con respaldo popular.
Chile no tiene magnates de ese calibre, pero sí un Estado que comparte información con esas empresas por canales poco transparentes, que suscribe el Escudo de las Américas y que no ha regulado el uso político de los datos. Regular esos poderes también exige voluntad, porque ningún Gobierno lo hará por inercia.
Queda la demografía. Latinos, mujeres y afroestadounidenses son ya el bloque que decide las elecciones en Estados Unidos y su peso irá en aumento. Es posible que este sea el último Gobierno abiertamente supremacista y antiinmigrante que llegue a la Casa Blanca. Chile cambia a su manera, con comunidades migrantes que son parte del barrio en La Cisterna o Estación Central, jóvenes para quienes el miedo de la Guerra Fría es materia de clase de historia y mujeres que votan distinto que sus padres y maridos. La ultraderecha chilena ganó prometiendo volver a un país que ya no existe y cada año que pasa ese país queda un poco más lejos.
Ningún ciclo reaccionario se cae por su propio peso. En Estados Unidos hubo candidatos que se atrevieron a ofrecer algo mejor sin pedir perdón por sus ideas, y el electorado los acompañó. En Chile están dadas las condiciones materiales para un giro parecido: el malestar existe, la mayoría social está disponible y el Gobierno ya muestra sus límites. Lo que todavía no aparece con fuerza suficiente es la voluntad de ir a buscarla. Si esa voluntad se organiza, el ciclo que viene tendrá un signo distinto del que se instaló en 2025.
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