ENTRE METÁFORAS Y DELACIONES

Por Antu -  Para ute-noticias  - 15-05-2026

La política deja de ser democracia cuando la mentira se convierte en método y el miedo en estrategia de poder. Cuando un presidente utiliza discursos agresivos para movilizar electoralmente a la ciudadanía y luego, enfrentado a las críticas, afirma que “todo era una metáfora”, no estamos frente a una simple rectificación: estamos frente a una forma consciente de manipulación política.

José Antonio Kast ha construido gran parte de su discurso apelando a la inseguridad, al miedo y a la necesidad de identificar enemigos internos. Primero fueron los movimientos sociales. Luego las organizaciones sindicales. Después los pueblos originarios. Hoy son los inmigrantes. La lógica nunca cambia: dividir a la sociedad para consolidar poder político.

Lo que se intenta instalar no es solamente un debate migratorio más duro. Es algo mucho más profundo y peligroso: normalizar la sospecha, institucionalizar la discriminación y convertir al inmigrante en el nuevo enemigo interno de Chile.

Pero lo más grave no es la contradicción entre lo que se dijo ayer y lo que hoy se intenta relativizar. Lo verdaderamente alarmante es el contenido de las propuestas. Pedir que funcionarios públicos o ciudadanos “delaten” a inmigrantes que acuden a centros de salud o establecimientos educacionales representa un retroceso ético de enorme magnitud. La salud y la educación no son instrumentos de persecución política ni administrativa; son derechos humanos básicos que una democracia debe proteger precisamente en los momentos de mayor tensión social.

La historia demuestra que las sociedades comienzan a degradarse cuando se normaliza la denuncia contra el vecino, cuando la sospecha reemplaza la confianza y cuando el Estado convierte a determinados grupos humanos en objetivos políticos permanentes. Ningún país se fortalece sembrando miedo entre quienes trabajan, estudian o buscan atención médica. Lo que se destruye en ese proceso es la convivencia democrática misma.

La extrema derecha contemporánea ha comprendido que el miedo moviliza más rápido que las propuestas y que el odio genera más adhesión inmediata que la reflexión política. Por eso necesita enemigos visibles y conflictos permanentes. Necesita instalar rabia social para evitar que la ciudadanía observe dónde realmente se concentra el poder económico, quién financia las campañas y quiénes continúan acumulando privilegios mientras el resto del país enfrenta precariedad e incertidumbre.

Existe además una profunda contradicción moral en quienes dicen “defender la familia” mientras impulsan políticas que destruyen familias migrantes; en quienes hablan de “libertad” mientras promueven mecanismos de vigilancia social; y en quienes exigen “respeto a la ley” mientras relativizan sus propias declaraciones cada vez que enfrentan cuestionamientos públicos.

Cuando un presidente transforma cada polémica en una “metáfora”, vacía de sentido la palabra presidencial. Gobernar exige responsabilidad política, no marketing discursivo. Porque las palabras de un jefe de Estado no son bromas, ni símbolos inocentes, ni ejercicios retóricos abstractos. Tienen consecuencias reales sobre la vida de millones de personas.

Y quizás ahí reside el daño más profundo: en la degradación moral que este tipo de discursos produce sobre la sociedad. Porque cuando el poder legitima la delación, destruye algo más importante incluso que la convivencia política: destruye la confianza humana básica. Convierte al médico, al profesor o al funcionario público en potenciales vigilantes del Estado. Empuja a las personas a sospechar unas de otras. Instala la idea de que ciertos seres humanos valen menos dependiendo de su origen, nacionalidad o condición social.

El problema de fondo ya no es solo la mentira. Es la construcción progresiva de un clima político donde la deshumanización comienza a parecer aceptable. Hoy se pide denunciar inmigrantes. Mañana puede ser cualquier otro grupo social incómodo para el poder. Así operan históricamente los proyectos autoritarios: identifican un enemigo, lo responsabilizan de problemas estructurales complejos y luego justifican medidas excepcionales en nombre del orden y la seguridad.

Y mientras Kast retrocede afirmando que “todo era metafórico”, queda expuesto algo todavía más preocupante: ni siquiera existe la voluntad política de asumir las consecuencias de sus propias palabras. Se utilizan discursos incendiarios para capturar apoyo electoral, pero luego se intenta escapar de la responsabilidad cuando la ciudadanía advierte el verdadero alcance de esas ideas.

Chile necesita enfrentar sus problemas de seguridad, empleo y crisis social con políticas públicas serias, eficaces y democráticas. No con campañas de miedo. No con discursos que enfrentan pobres contra pobres mientras las élites económicas permanecen intactas y protegidas.

La grandeza de una democracia no se mide por la dureza con que trata a los más vulnerables, sino por su capacidad de defender la dignidad humana incluso en momentos de crisis. Porque cuando el poder comienza a exigir delación, obediencia emocional y sospecha permanente, lo que entra en riesgo ya no es solo la política migratoria: es la calidad moral de toda la sociedad.

Lo de José Antonio Kast ya no puede describirse simplemente como una contradicción política. Lo que se observa es una operación sistemática de manipulación emocional, miedo y degradación ética del debate público. Durante su campaña utilizó un lenguaje agresivo contra inmigrantes, movimientos sociales y sectores vulnerables para movilizar votos desde la rabia y la inseguridad. Ahora, cuando esas palabras generan rechazo, intenta esconderse detrás de una excusa infantil: “era una metáfora”.

Un presidente que banaliza la persecución y luego intenta relativizarla no gobierna desde la convicción democrática: administra el miedo como herramienta de poder.

Chile no necesita líderes que transformen la desesperación social en odio organizado. Necesita gobernantes capaces de enfrentar las crisis sin destruir la dignidad humana en el camino. Porque cuando una sociedad comienza a aceptar que se persiga a personas por su origen, deja de avanzar hacia una democracia más fuerte y comienza lentamente a acostumbrarse al autoritarismo.

Que dirá Luis Gongora el ´poeta de las Metáforas , desde el silencio  , quien nos regaló por ejemplo Soledad Primera :

Era del año la estación florida

en que el mentido robador de Europa

(media luna las armas de su frente

y el sol los rayos de su pelo)

luciente honor del cielo

en campos de zafiro pace estrellas .......

Antu – Ex dirigente de la Universidad Tecnica del Estado


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