Por: Ignacio Silva Neira. Director Ejecutivo Observatorio de Políticas Económicas
El Ciudadano. 18/05/2026
"Ningún país ha logrado desarrollarse de manera sostenida solo mediante rebajas tributarias horizontales. Las experiencias exitosas de desarrollo han combinado inversión, coordinación pública, capacidades estatales, política industrial, innovación y orientación estratégica hacia sectores con mayor potencial".
El proyecto de Ley para la Reconstrucción Nacional y el Desarrollo Económico y Social presentado por el Gobierno es, sin duda, una de las iniciativas económicas más ambiciosas de los últimos años. No solo por la cantidad de materias que aborda, sino porque busca transformar de manera profunda la estructura fiscal, tributaria y regulatoria del país.
Ante esto, el apremio ideológico detrás de esta transformación se enfrenta a numerosas dificultades, en concreto, ausencias: falta de consensos, falta de rigurosidad y una arriesgada apuesta que busca traer crecimiento sin mayor evidencia de que esto realmente funcione.
Bajo la lógica de reducir los impuestos a las (grandes) empresas, se espera que esto permita aumentar los márgenes de utilidad, y con ello, la inversión y el crecimiento.
Parte del sustento se encuentra en la comparación (siempre parcial) con la OCDE: que Chile ha sido una de las únicas economías de este grupo que ha aumentado impuestos, con una tasa de impuesto corporativo de 27%, superior al promedio de este grupo de países de 24%.
Muchos datos ya se han repetido para completar la historia, solo por mencionar dos: cuando comparamos las tasas corporativas con los países de la OCDE con sistemas tributarios integrados, Chile posee una tasa superior al promedio, que en la OCDE alcanza un 29%.
Por otro lado, Chile posee un sistema corporativo más grande en comparación con la OCDE, por lo que al ajustar este factor, la carga tributaria respecto del PIB del impuesto corporativo equivale a un 6,4%, mientras que en Chile alcanza 4,5%. Para poder reformar el sistema tributario a las empresas, más allá de las motivaciones ideológicas, es importante partir con un debate riguroso, debate que el gobierno aún no ha respondido con rigor.
Pero por otro lado, hay algo que resulta fundamental de discutir para el mediano plazo: ¿Realmente podemos esperar volver a crecer solo por bajar los impuestos a las empresas?
El proyecto trata como una consecuencia casi automática lo que en realidad es una hipótesis incierta, y varios elementos se encuentran completamente ausentes: ¿Cuál es el rol de las competencias técnicas de las empresas para poder crecer e invertir? Y consecuentemente, ¿cuál es el rol de las exportaciones en el crecimiento en una economía como la chilena?
Las empresas no aumentan su inversión solo porque pagan menos impuestos. Una empresa invierte porque mira una demanda potencial con la cual espera vender más, donde existen oportunidades rentables, cuando cuenta con financiamiento, capacidades productivas, tecnología y demanda presente o futura.
Una empresa extranjera considerará más atractivo un país si la tasa es 3% más baja que en otro, pero no vendrá a producir autos eléctricos si no existen suficientes ingenieros para trabajar en las fábricas. Si esas condiciones no existen, una rebaja tributaria puede mejorar sus utilidades actuales sin traducirse necesariamente en nueva inversión productiva futura.
En contextos de alta concentración empresarial y financiarización, esos mayores beneficios pueden terminar destinados a reparto de dividendos, recompras de acciones, reducción de deuda o acumulación financiera, antes que a ampliar capacidad productiva o generar empleo de calidad.
La evidencia internacional tampoco permite sostener que las rebajas de impuestos corporativos produzcan crecimiento de manera automática. En Estados Unidos, la reforma tributaria de 2017 redujo la tasa corporativa federal de 35% a 21%, con la promesa de impulsar la inversión, productividad y salarios. Sin embargo, varios años después, no existe evidencia clara de un cambio estructural en la trayectoria de productividad, mientras una parte significativa de los beneficios empresariales se canalizó hacia recompras de acciones.
De hecho, la evidencia indica que solamente un 2% de la menor recaudación por la rebaja de tasas se compensó por un crecimiento en la inversión.
Irlanda suele presentarse como un caso exitoso de baja tributación corporativa. Pero también ahí la lectura debe ser cuidadosa. Su baja tasa atrajo multinacionales y elevó fuertemente el PIB, pero una parte fundamental de este aumento respondió a la localización contable y legal de utilidades de grandes empresas internacionales, además de constituirse como un centro de evasión y elusión fiscal. Por ende, no necesariamente el crecimiento tuvo impacto en la economía doméstica ni en el ingreso de las personas.
El problema, entonces, es más profundo y omite una pregunta central: ¿Qué produce Chile y qué debería producir para crecer sostenidamente?
Ausente está entonces el rol de Chile en el mundo, y, por ende, la imperiosa necesidad de pensar en cómo sectores exportadores pueden jugar un rol central en las dinámicas de crecimiento sostenidas, sobre todo para una economía abierta y pequeña.
La actual inserción comercial sería parte de la explicación del actual estancamiento: su bajo dinamismo también responde a una estructura productiva concentrada en recursos naturales, baja diversificación exportadora, limitada incorporación tecnológica y productividad estancada en sectores clave.
La caída de las tasas de crecimiento no comenzó simplemente porque subieron los impuestos a las empresas; coincidió con el fin del súper ciclo del cobre, el estancamiento de la productividad minera y una matriz exportadora que no logró avanzar suficientemente hacia bienes y servicios de mayor valor agregado.
Una estrategia seria de crecimiento debería preguntarse cómo diversificar la canasta exportadora, cómo generar capacidades productivas, cómo promover sectores con economías de escala, aprendizaje tecnológico y mayores salarios, y cómo insertar a Chile en cadenas de valor más sofisticadas. Una estrategia que entienda a las empresas como entidades complejas y heterogéneas, donde su inversión y producción depende de las capacidades tecnológicas que estas acumulan en el tiempo y que esto explica su competitividad.
Ningún país ha logrado desarrollarse de manera sostenida solo mediante rebajas tributarias horizontales. Las experiencias exitosas de desarrollo han combinado inversión, coordinación pública, capacidades estatales, política industrial, innovación y orientación estratégica hacia sectores con mayor potencial.
El Gobierno está apostando la consolidación fiscal futura a una promesa de crecimiento altamente incierta. Si esa promesa no se cumple, el costo no lo asumirán quienes recibieron el beneficio tributario, sino la población: con menor holgura fiscal, menos recursos disponibles para políticas sociales, más presión sobre el gasto público o mayor endeudamiento.
Una política económica responsable no puede descansar en la esperanza de que bajar impuestos resolverá por sí solo un problema productivo acumulado durante décadas. Crecer exige mucho más que aliviar la carga tributaria del capital: exige una estrategia de desarrollo.
Ignacio Silva Neira
LAS OPINIONES VERTIDAS EN ESTE ARTICULO, SON DE EXCLUSIVA RESPONSABILIDAD DEL AUTOR.
