Por: Verónica Aravena Vega. Psicóloga. Doctora en Estudios de Género y Política, Universidad de Barcelona. Máster en Masculinidades y Género. Máster en Recursos Humanos. Máster en Psicología Social/Organizacional.
El Ciudadano. 20/05/2026
El problema es un gobierno que mira la ciencia pública como gasto, el conocimiento básico como lujo y la investigación sin retorno de mercado como capricho de académicos.
El Ministerio de Ciencia tiene 144 funcionarios. No es una cifra de guerra: es una dotación mínima para un país que dice querer competir en la economía del conocimiento. Caben en un piso de oficinas. Se conocen por nombre. Muchos llevan años sosteniendo líneas de trabajo que no salen en la prensa —gestión de becas, coordinación con centros de investigación, seguimiento de proyectos que tardan una década en dar resultados. Esa es la escala de lo que está en juego. No un aparato burocrático inflado sino un equipo que apenas alcanza para cumplir su función. Y a ese equipo le quieren sacar un tercio.
No necesitan cerrar el ministerio. Eso sería demasiado explícito, demasiado costoso, demasiado fácil de titular. Lo que están haciendo es más eficiente: vaciarlo. Sacarle las personas, cambiarle el sentido, reemplazar investigación por emprendimiento, ciencia básica por inteligencia artificial aplicada al mercado. Mantener el nombre, eliminar la función. Es más limpio así. Nadie marcha por un ministerio que sigue existiendo.
El lunes 11 de mayo renunció Rafael Araos a la Subsecretaría de Ciencia. Primera salida de un subsecretario en el gobierno de Kast. No se fue por diferencias de estilo, como dijo la ministra Ximena Lincolao en Radio Infinita. Se fue porque le pidieron que firmara el despido de 48 personas — un tercio de la dotación completa — y dijo que no. Lo dijo en privado y después lo dijo en público: “La orden de diseñar y ejecutar un plan de desvinculaciones masivo es real y hay testigos”. Con él se fueron la jefa de gabinete y la jefa jurídica. Un ministerio que ya operaba al límite quedó esquelético.
Lincolao negó todo. Envió un correo a los funcionarios esa misma noche: las versiones eran “categóricamente falsas”. Pero la reconstrucción de La Tercera cuenta otra cosa. El 30 de abril, en La Moneda, se juntaron Lincolao, Araos y el jefe del Segundo Piso, Alejandro Irarrázaval. Ahí se dijo que las dos desvinculaciones hechas hasta ese momento eran insuficientes para las metas de ajuste del Ejecutivo. La instrucción: preparar la salida de 48 funcionarios. Después, en el octavo piso de Morandé 226, Lincolao convocó al equipo directivo y le pidió a Araos que repitiera lo que había dicho. Lo repitió: “Me dieron la instrucción de echar 48 personas, y yo no lo voy a hacer y por eso renuncié”.
Irarrázaval estaba en esa reunión. El jefe del Segundo Piso. Lo que la prensa ha tratado como un conflicto entre ministra y subsecretario es otra cosa: política de gobierno. El Ministerio de Ciencia es donde el Ejecutivo decidió ensayar el primer recorte masivo de dotación pública porque es el lugar políticamente más barato para hacerlo. La ciencia no tiene base electoral. No tiene gremio empresarial que llame a La Moneda. No tiene cómo paralizar un servicio esencial. El ministerio perfecto para el primer laboratorio de Estado mínimo: si funciona acá sin costo político, se replica.
Pero los despidos son la herramienta, no el objetivo. El objetivo es lo que queda cuando se van las personas. Las fuentes internas del ministerio lo confirman a varios medios: Araos entendía que fue convocado para trabajar en los problemas duros de la cartera — financiamiento de I+D, centros científicos, ciencia básica, becas de posgrado. Lincolao tiene otro plan. Su foco se desplazó hacia empresas tecnológicas, tecnologías emergentes, innovación aplicada al mercado. No es que no sepa de ciencia. Es que no vino a hacer ciencia. Vino a hacer otra cosa con el Ministerio de Ciencia.
En 2009, como directora interina del Departamento de Parques y Recreación de Washington DC, cerró una oficina que desde 1974 daba guarderías a familias trabajadoras. Invocó déficit presupuestario.
La distinción no es semántica. Un ministerio que financia investigación básica sostiene conocimiento sin retorno inmediato: epidemiología, sismología, ciencias del clima, biodiversidad, ciencias sociales. Todo lo que no da ganancia pero que es la base sobre la que se construye todo lo demás — incluida la innovación tecnológica que tanto le interesa a Lincolao. Sin ciencia básica no hay ciencia aplicada. Sin investigación pública no hay ecosistema donde las startups puedan nacer. Un ministerio reconvertido en agencia de innovación financia lo que el mercado ya quiere financiar y abandona lo que solo el Estado puede sostener. Un Estado que produce conocimiento público versus un Estado que subsidia la agenda privada. Eso es lo que se está decidiendo con estos despidos.
Chile lleva más de una década en mega sequia. No es una metáfora: es un fenómeno que requiere investigación climática, hidrológica, agrícola, sostenida durante años, sin producto comercializable al final del proceso. El tipo de conocimiento que ningún privado va a financiar porque no hay modelo de negocio. El tipo de conocimiento que solo existe si hay un Estado que decide que entender lo que le pasa al país vale la inversión, aunque no genere retorno. Eso es lo que se pierde cuando vacías un ministerio de ciencia. No se pierde un organigrama. Se pierde la capacidad del país de producir el conocimiento que necesita para sobrevivir a lo que viene.
El perfil de Lincolao vuelve esto más nítido. En 2009, como directora interina del Departamento de Parques y Recreación de Washington DC, cerró una oficina que desde 1974 daba guarderías a familias trabajadoras. Invocó déficit presupuestario. El director de Presupuesto del Ayuntamiento dijo que los fondos existían. El sindicato denunció despidos injustificados. El Concejo Municipal rechazó su nombramiento por siete votos contra cinco —la única vez en el mandato de ese alcalde que le rechazaron a alguien. Quince años después, el método es el mismo: recortar invocando austeridad, cerrar lo que funciona, negar lo que pasa. Lo que cambió es la escala. Ya no es un departamento municipal. Es la política científica de un país.
Chile tardó décadas en construir este ministerio. Se creó en 2018 con un argumento simple: el conocimiento necesitaba institucionalidad propia. Ocho años después, los funcionarios que vienen del gobierno anterior —con contratas vigentes hasta fin de año— no saben si llegarán a diciembre. La asociación de funcionarios se declaró en alerta y se coordinó con la Anef. Cada persona que se va es un proyecto que se interrumpe, una línea de investigación que se corta, una red internacional que se rompe. Un recorte del 30% en un ministerio de 144 personas es desmantelamiento operativo. No queda con quién hacer política pública de ciencia.
Y ese es el punto.
Lincolao no es el problema. Lincolao es la herramienta —como los despidos son la herramienta de Lincolao. El problema es un gobierno que mira la ciencia pública como gasto, el conocimiento básico como lujo y la investigación sin retorno de mercado como capricho de académicos. Un gobierno que necesita que el ministerio exista como cáscara —para no pagar el costo político de cerrarlo— pero no necesita que funcione. Van a dejarlo ahí, con su nombre en la puerta y nada adentro. Para cuando nos demos cuenta, ya no va a quedar a quién despedir.
Verónica Aravena Vega
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