Marcelo Mella Polanco – Apuntes Politicos – 09 De Agosto 2026
En política, como en la física aristotélica (y en ciertas corrientes del Arte), existe cierta aversión al vacío. Cuando desaparecen la conducción efectiva, los liderazgos representativos o los relatos capaces de ordenar el conflicto, el espacio político no permanece desocupado, algún actor intenta llenarlo. Claude Lefort señaló en “L’invention démocratique” (1981) que, en democracia, el poder deja de estar encarnado permanentemente en un actor. Ningún líder o gobernante puede identificarse plenamente con él. El lugar simbólico e institucional de la soberanía permanece abierto a la competencia y la disputa.
Sin embargo, puede ocurrir que esa competencia democrática no consiga resolver transitoriamente la ocupación del espacio del poder y que el vacío se transforme en una condición crónica del sistema político. Esto es posible incluso bajo plena vigencia del “rule of law” y de la democracia procedimental donde subsiste la normalidad institucional, pero se debilita la capacidad de la clase política para producir un sentido común reconocido socialmente. En ese contexto, el “horror vacui” ofrece una imagen útil para comprender el momento chileno, marcado por coaliciones declinantes y sin un bloque hegemónico de reemplazo.
Después de los cuatro gobiernos consecutivos de la Concertación entre 1990 y 2010, cuya retórica transicional contribuyó a sostener su conducción hegemónica, Chile ingresó desde la primera presidencia de Sebastián Piñera en una etapa de dieciséis años de alternancia y gobiernos minoritarios. Se trata de una prolongada crisis de hegemonía, sin reemplazo hasta hoy. En materia de representación partidaria pueden distinguirse tres momentos que ilustran la progresiva desintegración del antiguo orden de la transición:
El primero corresponde a 1990-2005, cuando el sistema binominal favoreció la concentración de la representación parlamentaria en dos grandes bloques. Los partidos minoritarios, aquellos que individualmente controlaban no más del 5% de los escaños, tuvieron una presencia reducida. Representaban 6,7% de la Cámara en 1990, 3,3% en 1993, 5,8% en 1997 y apenas 0,8% en 2005. La competencia estaba fuertemente estructurada por las coaliciones y los partidos pequeños enfrentaban enormes dificultades para transformar votos en representación.
Un segundo momento se abre entre 2009 y 2013. Antes incluso de la desaparición del binominal comenzaron a aparecer señales de desconcentración. La proporción de escaños en manos de partidos minoritarios aumentó a 9,2% en 2009 y 10,8% en 2013. No era todavía una fragmentación comparable con la posterior a 2017, pero mostraba que el orden político de los noventa comenzaba a perder capacidad para contener la diversidad y los antagonismos.
El tercer momento comienza con la reforma electoral y las elecciones de 2017. El porcentaje de escaños controlados por fuerzas pequeñas llegó a 16,8% ese año y alcanzó 27,1% en 2021. La elección parlamentaria de noviembre de 2025 redujo esa cifra a aproximadamente 9%, pero sería apresurado interpretar aquello como una restauración del antiguo ecosistema. Más bien se observa una recomposición y una disminución de la fragmentación partidaria, donde algunas fuerzas surgidas después de 2017, como Republicanos (2019), el PNL (2025) y el Frente Amplio (2024), crecieron hasta convertirse en actores medianos o relevantes. El sistema se concentró parcialmente, pero sobre bases muy distintas de las existentes durante el binominal.
Gráfico 1: Partidos minoritarios en Chile (<5%) 1990 a 2025.

El Gobierno de José Antonio Kast enfrenta tempranamente esta complejidad. Después de concentrar buena parte de su capital político en la “megarreforma”, despachada por el Congreso, La Moneda desplazó rapidamente el centro de gravedad hacia la seguridad. Durante la semana pasada, el Presidente anunció una nueva ofensiva contra el crimen organizado y el terrorismo, incluida una reforma constitucional destinada a reforzar la seguridad como deber del Estado.
Para el presidente Kast, la ocupación permanente de la agenda resulta indispensable. Aunque logró aprobar la “megarreforma” sin mayores concesiones a la oposición, no ha conseguido mantener su respaldo ciudadano ni detener la pérdida de confianza en su gobierno. Antes de cerrar completamente este primer momento legislativo -todavía quedan recursos ante el Tribunal Constitucional- necesita abrir el siguiente.
Pero esta capacidad para imponer agenda, un problema de coyuntura, convive con una estructura política frágil y sometida a una tendencia erosiva de largo plazo. El oficialismo continúa siendo una constelación de partidos con identidades, intereses y proyectos distintos. Republicanos necesita demostrar su capacidad de conducción como partido del Presidente; Chile Vamos busca mantener influencia a partir de su experiencia de gobierno; y el PNL de Johannes Kaiser intenta impedir que Kast monopolice la radicalidad, elevando reiteradamente la oferta. Puede existir mayoría para determinadas reformas, pero aquello no equivale a una coalición integrada ni a un espacio dotado de coherencia ideológica y estratégica.
En la oposición, el vacío adquiere la forma de la futilidad. Su debilidad no deriva solo de una aritmética parlamentaria adversa o de su incapacidad para constituirse como actor de veto efectivo. El problema es la pérdida de anclaje social, identidad política y capacidad para producir un sentido común alternativo al de la nueva derecha radical. Partidos que durante décadas estructuraron la competencia parecen hoy más preocupados por administrar su sobrevivencia que por construir una mayoría futura.
Las izquierdas opositoras a Kast están atrapadas entre la defensa de conquistas sociales y la tentación de una oposición total. Sin una autocrítica profunda y mediante la proliferación de “performances” del exceso, terminan ampliando el vacío de su propio sector.
A nuestro entender, el punto de mayor importancia es que tanto gobierno como oposición parecen haber asumido que el mandato electoral ya no asegura conducción hegemónica. Ganar una elección permite ocupar transitoriamente el gobierno, pero no garantiza hegemonía sobre los actores del sistema político, tampoco capacidad para cohesionar a los aliados. Ganar el gobierno no equivale a representar una mayoría social duradera ni fijar por sí solo los términos del debate público. De allí surge la ansiedad y el vértigo por llenar el espacio vacío, multiplicando iniciativas, radicalizando diferencias y trasladando conflictos hacia nuevas arenas institucionales. En eso consiste la aversión al vacío del Chile actual. Los actores ocupan posiciones institucionales de poder sabiendo que ya no disponen de legitimidades duraderas y procuran compensar esa fragilidad mediante una actividad incesante que multiplica el ruido, sin necesariamente reconstruir conducción.
MARCELO MELLA POLANCO - DOCENTE DE LA UNIVERSIDAD DE SANTIAGO
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