Por: Álvaro Ramis Olivos. Teólogo, doctor en filosofía, Presidente Centro de Estudios Territorio y Comunidad.
El Mostrador. 14 agosto, 2026
El optimismo de la voluntad no consiste en creer que las cosas van a mejorar. Consiste en organizarse, aunque el pronóstico sea adverso, porque el pronóstico incluye lo que uno haga. Gramsci escribió esa frase preso, con una condena que iba a matarlo, y siguió escribiendo.
Hay muchas razones para estar pesimista y conviene asumirlo. Las cifras no ofrecen consuelo. La economía chilena encadenó cinco meses de actividad en rojo y cerró el primer semestre con una caída de 0,2% del producto.
El rebote de junio, empujado por el cobre, sirvió apenas para esquivar la recesión técnica por un margen mínimo. El Banco Central bajó su proyección de crecimiento al rango de 1,0% a 1,75%, cuando en marzo hablaba de 1,5% a 2,5%. La inflación anual volvió a 4,3% y el retorno a la meta se corrió a 2027. El desempleo se instaló en 9,4%, el nivel más alto en cinco años, y no cede. La productividad lleva más de una década estancada, aunque de las causas de eso nadie quiera hablar.
Este estado de ánimo no cayó del cielo. Coincide con una agenda de gobierno que ha operado con voracidad: una megarreforma tributaria que alivia a quienes ya concentran la renta, un repliegue fiscal descargado sobre los servicios que sostienen a los hogares más pobres, la exploración de fórmulas privadas para Codelco, la venta de participaciones estatales en otras empresas públicas, el alza de combustibles de fines de marzo.
Todas esas decisiones mueven recursos hacia arriba y costos hacia abajo. Y golpean primero a quienes dependen del transporte público para llegar al trabajo, del consultorio para atenderse y del jardín infantil municipal para poder salir de la casa.
El pesimismo chileno, entonces, no obedece a un capricho ni a una falla de carácter. Es una lectura razonable de la evidencia disponible. Está bien informado, y ahí radica lo serio del asunto.
Lo confirma el Índice de Percepción de la Economía, creado hace cuarenta y cinco años y hoy incorporado al IPoM del Banco Central. Se construye con una encuesta mensual a unas 1.100 personas mayores de dieciocho años en las principales ciudades del país, y su lectura es simple: sobre 50 puntos hay optimismo, bajo 50 hay pesimismo. Chile no vuelve a la zona optimista desde 2018. Y no se trata de rozar la frontera: el índice ni siquiera logra afirmarse sobre los 30 puntos. Cayó a 25,6 en abril de 2022, anotó 28,0 en julio de 2024 y 31,9 en septiembre de ese mismo año. El IPoM de junio pasado registró un nuevo deterioro tras el alza de los combustibles, con hogares que postergan la compra de bienes durables por temor a perder el empleo. Dicho de otro modo, para encontrar un mes en que la mayoría de los chilenos haya mirado la economía con confianza hay que retroceder ocho años.
Dos rasgos de esa serie merecen atención política. El primero es que el desplome no empezó con el alza de las bencinas, aunque ese episodio derrumbó de golpe la curva ascendente con que suele estrenarse cualquier gobierno nuevo. El deterioro viene de mediados de la década pasada y sobrevive a todos los cambios de administración. El segundo es más revelador: hace años que el optimismo personal se mantiene por encima del que se atribuye al país. La gente cree que a ella le puede ir bien mientras da por perdido el destino común.
Eso tiene nombre. Es la privatización de la esperanza. Cada quien administra su expectativa por separado porque el futuro compartido dejó de aparecer como algo sobre lo cual se pueda actuar. Los veinte años de la Encuesta Bicentenario agregan un dato más: el desaliento se concentra entre los jóvenes y entre las mujeres, es decir, entre quienes tendrán que sostener el país durante las próximas cuatro décadas.
A eso se suma la cuenta demográfica. En 2025 nacieron 146.446 niños y la fecundidad cayó a 0,99, la primera vez que se registra menos de un hijo por mujer, con proyección de 0,89 hacia 2028 y el comienzo de un período de crecimiento natural negativo. Una sociedad que deja de tener hijos está dictando sentencia sobre su propio futuro, y esa sentencia coincide con lo que muestran los índices.
De dónde puede venir la voluntad
La frase que da título a esta columna es de Romain Rolland, aunque fue Gramsci quien la convirtió en método de trabajo. Desde la cárcel, escribiéndole a su hermano Carlo, se declaró pesimista con la inteligencia y optimista por la voluntad. No estaba lanzando una consigna de resistencia. Estaba dividiendo el trabajo: conocer el mundo tal como es y decidir qué hacer con él son operaciones distintas, y la política las confunde todo el tiempo. A la inteligencia le toca no mentirse. A la voluntad, intervenir.
Queda la pregunta de dónde sale esa voluntad, y conviene responderla sin fabricar ilusiones nuevas. Del Estado no va a salir. Este gobierno hace exactamente lo que anunció que haría, y hacerlo constituye su programa, no su error. De los partidos tampoco, incluidos los de oposición, que llevan años administrando la derrota con el argumento de que nada se puede hacer mientras no vuelvan a tener el gobierno en sus manos. Esperar que el aparato institucional se corrija solo es precisamente el hábito que produjo el pesimismo que hoy se mide.
La voluntad viene de la capacidad de la ciudadanía organizada para darse formas propias de autogobierno, y no hablo de una abstracción. Hay municipios que sostuvieron sus jardines infantiles con recursos propios antes de que ninguna ley se los ordenara. Hay trabajadoras de la educación inicial que pelearon durante una década por el financiamiento basal y arrancaron una ley que nadie les regaló. Hay cooperativas de vivienda, de trabajo y de energía resolviendo en el territorio lo que el mercado no resuelve y el Estado no alcanza. Hay juntas de vecinos administrando ollas comunes y redes de cuidado con presupuestos que en cualquier ministerio darían risa, y que sin embargo funcionan.
Ese es el terreno donde el optimismo tiene fundamento material. No por la escala de esas experiencias, sino porque sus efectos se comprueban: en la propia cuadra, dentro de plazos humanos, por quienes participaron en ellas. La desesperanza no se cura con discursos esperanzadores. Se cura con la evidencia de que actuar junto a otros cambió algo real.
Frente a un Estado que se repliega, la respuesta no puede consistir en esperar que vuelva. Hay que ocupar el espacio que deja con formas de organización comunitaria que no dependan de quién gane la próxima elección: autogobierno comunal, control social sobre los presupuestos locales, cooperativas que retengan el excedente donde se produce, redes de cuidado que sostengan lo que ninguna reforma alcanzará a sostener a tiempo. Es más lento y menos vistoso que un anuncio presidencial. También es lo único que no se pierde cuando cambia el ciclo político.
El optimismo de la voluntad no consiste en creer que las cosas van a mejorar. Consiste en organizarse aunque el pronóstico sea adverso, porque el pronóstico incluye lo que uno haga. Gramsci escribió esa frase preso, con una condena que iba a matarlo, y siguió escribiendo. Aquí no hay cárcel ni condena. Hay comunidades que ya saben hacerlo.
Un ejemplo está ocurriendo mientras escribo. Los temporales de las últimas semanas dejaron trece muertos, más de tres mil damnificados y daños en diez de las dieciséis regiones, y la Dirección Meteorológica anticipa lluvias por sobre el promedio histórico en los meses que vienen. En medio de esa emergencia, el movimiento Voluntad para Chile se desplegó en las poblaciones de Puente Alto, acompañando a las familias inundadas sin esperar que los tiempos de la ayuda institucional definieran los suyos. No es un anuncio ni un programa de gobierno. Es gente organizada haciendo lo que hay que hacer donde vive, que es exactamente el punto de apoyo que este país todavía no reconoce como propio.
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