SÓLO POR SER 18 DE SEPTIEMBRE

Por : Hugo Herrera Abogado y profesor de Filosofía y Teoría Política. Universidad Diego Portales y Universidad de Valparaíso. – El desconcierto – 20-09-2026

El impulso nacional requiere volver a pensar la institucionalidad territorial (macro-regiones) y la tierra: irrigar y plantar donde sea viable, recuperar suelos, desarrollar asentamientos australes e integrar a sus habitantes, por la vía de infraestructura, educación y productividad.

Chile es un Estado nación, construido durante el siglo XIX para gobernar territorios extensos y reunir poblaciones distantes. El Estado contribuyó decisivamente a fundar la nación: mediante escuelas, universidades, el ferrocarril, las FFAA y diversas instituciones convirtió la dispersión en pertenencia. La nación es más un resultado que un dato. Nuestro mestizaje desmiente las fantasías de pureza sanguínea. La tarea es integrar culturalmente, propósito fecundo del pensamiento nacional de fines del XIX y la primera mitad del XX.

Esa consciencia decayó bajo la dictadura y siguió debilitándose en democracia. Pinochet alió la exaltación patriótica con un neoliberalismo que fragmentaba los intereses. Lo chileno quedó reducido a ornamento, mientras la competencia desplazaba a la cooperación como principio de convivencia. La transición dejó pendiente la reconstrucción del vínculo común.

Olvidarlo es funesto: dependemos unos de otros. El Estado es, en la analogía griega, como un buque en alta mar. Es nuestro lugar en el mundo. Quizás el único, como lo acreditan los trágicos desplazamientos de naciones. Su conservación exige solidaridad y sacrificios compartidos. La calidad de sus escuelas, empresas, policías, autoridades y Fuerzas Armadas concierne a todos. Nadie puede desentenderse por privilegiada que sea su posición.

Hoy se abre una escisión entre el pueblo que habita el territorio y las élites cuyos discursos apenas lo alcanzan. Falta consciencia geográfica. El país se seca; el norte corre el riesgo de quedar reducido a campamento extractivo, lejos de su antigua vitalidad cultural. El sur austral es en la práctica un parque nacional vedado a la colonización chilena. Proteger el territorio debe acompañarse de condiciones para habitarlo: caminos, servicios, oportunidades, como otrora hiciera Frei Montalva con Palena.

También se debilita, por pérdida de lucidez nacional, nuestra relación con el trabajo. Vender, recolectar y servir son actividades necesarias, pero una economía que ofrece insuficientes posibilidades de transformar materias, dominar técnicas y crear bienes complejos, desperdicia capacidades. El estancamiento productivo de 25 años restringe salarios y empleos. Exportar recursos sin desarrollar suficientes conocimientos propios prolonga la dependencia. Y muchos trabajos, más que satisfacción transformadora, devienen banales.

Hasta la defensa revela el problema. Comprar equipos usados puede resolver necesidades inmediatas; convertir, empero, esa práctica en costumbre deja escapar oportunidades de aprendizaje. Perdemos así el orgullo de fabricar, aunque persisten capacidades, como prueba la construcción naval en ASMAR o en el pasado en FAMAE.

La inestabilidad mundial obliga hoy a sostener una defensa eficaz. ¿Por qué no convertir parte de ese gasto inevitable en una industria que reúna universidades, empresas y trabajadores? Contratos continuos, formación técnica y transferencia verificable al ámbito civil permitirían acumular conocimientos, elevar la productividad y vincular oficios exigentes con el bienestar general. Fabricar aquí tiene sentido porque deja destrezas duraderas.

El impulso nacional requiere volver a pensar la institucionalidad territorial (macro-regiones) y la tierra: irrigar y plantar donde sea viable, recuperar suelos, desarrollar asentamientos australes e integrar a sus habitantes, por la vía de infraestructura, educación y productividad. La soberanía necesita pueblo y trabajo autoconscientes, además de fronteras.

La lucidez nacional renacerá cuando el esfuerzo de cada chileno encuentre lugar en una obra compartida. Entonces la patria será una experiencia cotidiana de integración y solidaridad. No sólo por ser 18 de septiembre.


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