EL VERDADERO SENTIDO DE LA DISPUTA POR LA PATRIA

Por : Joel Olmos Alcalde de La Cisterna. – El Mostrador – 24 de septiembre 2026

La tarea de una izquierda que cree en la igualdad de oportunidades es ofrecer algo distinto: una patria que proteja sin excluir, que ordene sin discriminar y que vuelva a convencernos de que compartir un país significa compartir también un destino.

Hace 10 años, el Reino Unido decidió abandonar la Unión Europea. El Brexit tuvo múltiples explicaciones: soberanía, economía, migración, identidad y desconfianza hacia las instituciones europeas. Pero visto con la perspectiva que entrega el tiempo, también anticipó una discusión que hoy atraviesa buena parte del mundo: el regreso de la nación como respuesta a las contradicciones de la globalización.

Thomas Piketty ha insistido en una cuestión que debiera interpelar especialmente a la izquierda. Durante décadas, aceptamos una globalización donde el capital podía desplazarse con enorme libertad, las grandes fortunas podían organizarse a escala planetaria y los Estados competían entre sí para atraerlas. Mientras tanto, la promesa de que esa apertura produciría bienestar para todos comenzó a perder credibilidad entre quienes enfrentaban empleos más precarios, dificultades para acceder a una vivienda y sistemas de protección social tensionados e insuficientes.

En medio de ese malestar ocurrió algo extraordinario: la discusión sobre los efectos de la globalización comenzó a desplazarse desde la desigualdad hacia la identidad. El problema dejó de ser solamente quién concentra la riqueza y pasó a ser quién cruza la frontera. Lo vimos con Brexit. Lo observamos en Alemania con el crecimiento de una derecha nacionalista que ha situado la inmigración entre sus asuntos centrales. Lo vemos en España frente a las llegadas desde África. Y, con nuestras propias particularidades, también lo vivimos en Chile.

Nuestro país experimentó en pocos años una transformación migratoria para la cual el Estado no estaba suficientemente preparado. Sería un error negar las consecuencias que una migración desordenada produce sobre los territorios. Las personas necesitan fronteras administradas, reglas que se cumplan, barrios seguros y servicios públicos capaces de responder. Reconocer aquello no es incompatible con defender la dignidad de quienes migran.

El problema comienza cuando convertimos esas dificultades en una explicación sencilla para problemas mucho más complejos. Cuando una familia no encuentra vivienda, cuando el salario parece insuficiente o cuando existe temor frente a la delincuencia, siempre resulta tentador encontrar un responsable visible. Y pocas figuras son políticamente más visibles que quien acaba de llegar.

Ahí aparece una paradoja de nuestro tiempo. Quienes cuestionan la globalización desde posiciones nacionalistas han concentrado su crítica en sus consecuencias migratorias y culturales sin necesariamente cuestionar con la misma intensidad el crecimiento de la concentración económica, y su consecuente influencia política, que también se ha profundizado estas décadas.

La izquierda tampoco puede mirar esta historia como simple espectadora. Durante demasiado tiempo, sectores progresistas aceptaron como inevitable una globalización económica que debilitó parte de las herramientas con que los Estados habían construido sociedades más igualitarias. Cuando aparecieron sus contradicciones, no siempre fuimos capaces de ofrecer una respuesta clara a quienes sentían que habían quedado atrás.

Por eso, la izquierda necesita volver a hablar de patria. No para levantar muros ni para negar que un país tiene fronteras, leyes y el legítimo derecho a ordenar la migración: necesitamos recuperar una idea de patria asociada a la protección colectiva. Patria es también la vida digna de quien trabaja honradamente, o una escuela pública donde nuestros hijos puedan encontrarse independientemente del lugar donde nacieron sus padres.

Es un Cesfam que funciona, una plaza donde podemos reconocernos como vecinos, un barrio seguro y un Estado capaz de proteger. Patria también es soberanía para decidir democráticamente cómo distribuimos nuestra riqueza y exigir que quienes más tienen contribuyan más al bienestar común.

La alternativa a una globalización desigual no tiene por qué ser un nacionalismo construido desde el miedo al extranjero. Podemos cooperar entre países sin renunciar a nuestra soberanía, ordenar nuestras fronteras sin deshumanizar a quien migra y sentir orgullo por nuestra historia sin despreciar la historia de quien llegó después.

La discusión que viene quizás no sea entre globalización y nacionalismo, sino sobre qué globalización queremos y, sobre todo, qué entendemos por nación. Porque cuando la democracia deja de ofrecer seguridad económica, comunidad y sentido de pertenencia, resulta mucho más fácil construir una patria señalando a quienes deben quedar fuera.

La tarea de una izquierda que cree en la igualdad de oportunidades es ofrecer algo distinto: una patria que proteja sin excluir, que ordene sin discriminar y que vuelva a convencernos de que compartir un país significa compartir también un destino. Porque si renunciamos a disputar la idea de patria, otros decidirán por nosotros lo que significa pertenecer a ella.


LAS OPINIONES VERTIDAS EN ESTE ARTICULO, SON DE EXCLUSIVA RESPONSABILIDAD DEL AUTOR.