Apolo Olivares – para UTE-NOTICIAS – 10 de Octubre 2026
Chile parece cansado. No necesariamente indiferente ni resignado, sino cansado de esperar que los cambios prometidos terminen por transformar una vida cotidiana donde persisten preocupaciones demasiado conocidas: pensiones insuficientes, dificultades para acceder a la salud y la vivienda, inseguridad económica, salarios que no siempre permiten vivir dignamente, delincuencia y una creciente incertidumbre respecto del futuro.
Han transcurrido siete años desde octubre de 2019. Aquella movilización extraordinaria tuvo la capacidad de reunir demandas que durante décadas habían sido experimentadas individualmente. La expresión «no son 30 pesos, son 30 años» sintetizó algo más profundo que el rechazo al aumento de una tarifa: permitió reconocer que detrás de problemas aparentemente diferentes existía una discusión sobre el modelo de sociedad que Chile había construido.
La pensión dejó de ser solamente el problema del jubilado; el endeudamiento, una dificultad exclusiva de cada familia; la educación, una responsabilidad individual; y la salud, una preocupación de quienes necesitaban atención médica. Por un momento, millones de personas comprendieron que sus experiencias particulares podían formar parte de una misma realidad social.
Había surgido un nosotros.
Después llegaron la pandemia, dos procesos constitucionales rechazados, la inflación, nuevas preocupaciones económicas y de seguridad, reformas sociales y una progresiva fragmentación de las prioridades ciudadanas. Sería incorrecto afirmar que nada cambió. Hubo avances en salarios, pensiones y otras políticas públicas. Sin embargo, numerosas dificultades que alimentaron el malestar continúan presentes, mientras las expectativas de grandes transformaciones parecen haberse debilitado.
Aquí aparece una contradicción fundamental: las demandas sociales no han desaparecido, pero se ha deteriorado la confianza en la capacidad colectiva para resolverlas.
El Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD describe una realidad inquietante: gran parte de la ciudadanía percibe escasa capacidad personal para influir en los cambios del país y, simultáneamente, desconfía de la capacidad de sus dirigentes para conducirlos.
Esta doble sensación de impotencia ayuda a comprender un fenómeno que merece atención. Cuando las personas dejan de creer que pueden intervenir eficazmente en las decisiones colectivas, concentran sus esfuerzos en aquello que todavía parece depender de ellas: la familia, el trabajo, los hijos, la vivienda y la seguridad personal.
La esperanza no necesariamente desaparece. Se refugia en la vida privada.
El futuro comienza a imaginarse individualmente, incluso cuando sus condiciones dependen de decisiones colectivas.
Es una de las expresiones más profundas de lo que podríamos llamar agotamiento colectivo. No se trata simplemente de apatía ni de indiferencia. Una sociedad puede continuar preocupada por sus problemas y, sin embargo, haber perdido parte de su confianza en que la participación, la organización y la política permitan transformarlos.
Este fenómeno no es exclusivamente chileno.
En Europa, el costo de la vida, la vivienda, las pensiones, la inmigración y las políticas económicas han generado nuevas tensiones sociales. Alemania muestra cómo preocupaciones materiales semejantes pueden encontrar expresiones políticas diferentes: mientras en Berlín la izquierda ha conseguido articular demandas relacionadas con la vivienda y la protección social, en otras regiones el descontento ha fortalecido a la derecha radical.
América del Sur presenta otras manifestaciones de esta crisis de representación. Argentina ha experimentado una profunda ruptura política después de años de frustración económica. Brasil exhibe una intensa polarización y una abstención electoral considerable, cuya interpretación exige distinguir entre desencanto, dificultades para votar y rechazo a las alternativas existentes. Perú enfrenta una desconfianza institucional extraordinariamente elevada, mientras Ecuador combina movilización social, precariedad económica y una violencia que afecta gravemente la convivencia.
No son procesos idénticos ni conducen necesariamente a las mismas respuestas. Pero todos invitan a reflexionar sobre una dificultad contemporánea: cómo transformar preocupaciones sociales compartidas en proyectos de futuro capaces de generar confianza y participación.
Chile tiene su propia historia.
Durante décadas se fue instalando la idea de que el progreso dependía principalmente del esfuerzo individual. Estudiar, trabajar, ahorrar, endeudarse, adquirir una vivienda y asegurar la vejez se convirtieron en responsabilidades que muchas familias debieron enfrentar con recursos y posibilidades profundamente desiguales.
Sin desconocer la importancia de la iniciativa personal, esa manera de comprender la sociedad fue debilitando la percepción de que ciertos problemas sólo pueden resolverse mediante decisiones comunes.
Octubre de 2019 interrumpió momentáneamente esa fragmentación. Personas de distintas generaciones y condiciones sociales encontraron una experiencia compartida. Sin embargo, la energía de aquella movilización no consiguió traducirse de manera sostenida en un proyecto de transformación ampliamente aceptado.
El agotamiento posterior no significa necesariamente que Chile haya renunciado a cambiar. Puede significar que perdió confianza en los caminos que se le ofrecieron para hacerlo.
Y precisamente por eso resulta significativo observar las recientes movilizaciones estudiantiles frente a las decisiones presupuestarias que afectan a la educación.
Los estudiantes han desempeñado históricamente un papel fundamental en la vida social y política de Chile. Sus movilizaciones han conseguido trascender las demandas propias de la educación y abrir debates sobre el país que queremos construir. Las manifestaciones actuales podrían representar una nueva oportunidad para recuperar esa capacidad de convocatoria, especialmente si logran encontrarse con las preocupaciones de los trabajadores, los pensionados, las mujeres, las organizaciones sociales y las comunidades. No se trata simplemente de sumar demandas, sino de reconocer que detrás de ellas existe una aspiración compartida: construir una sociedad más justa, democrática y solidaria.
Quizás estas movilizaciones puedan contribuir a despertar una conciencia colectiva que parecía debilitada. No porque los estudiantes deban asumir por sí solos la responsabilidad de transformar Chile, sino porque su participación puede ayudar a reconstruir los vínculos entre sectores sociales que hoy enfrentan sus dificultades de manera aislada.
Y entonces vuelve a surgir una pregunta que trasciende las aulas:
¿Qué futuro está construyendo Chile?
Porque esa pregunta también pertenece al jubilado que necesita una pensión digna; al trabajador que espera estabilidad y mejores ingresos; a las familias que no consiguen acceder a una vivienda; a quienes aguardan atención médica; a las mujeres que sostienen cotidianamente las responsabilidades del hogar y del cuidado; a los investigadores que necesitan condiciones para desarrollar conocimiento; y a quienes exigen vivir sin miedo a la delincuencia.
No se trata de establecer una competencia entre estas necesidades. La seguridad es indispensable, pero también lo son la educación, la salud, el empleo, la ciencia y la protección social. El crecimiento económico importa, como también importa discutir sus beneficios, su sostenibilidad y las oportunidades que ofrece a las generaciones futuras.
Una sociedad necesita recursos, instituciones capaces de administrarlos y ciudadanos que puedan participar en la definición de sus prioridades.
El problema aparece cuando cada sector termina defendiendo exclusivamente aquello que lo afecta de manera inmediata, sin reconocer que el bienestar propio también depende del bienestar de los demás.
Una sociedad no es simplemente la suma de millones de proyectos individuales.
Nadie construye por sí solo un sistema de salud, una educación pública de calidad, una política científica nacional o una respuesta eficaz frente al crimen organizado. Tampoco es posible asegurar individualmente las condiciones económicas, ambientales y sociales que permitirán vivir mejor a las próximas generaciones.
Existen responsabilidades personales irrenunciables, pero también necesidades que sólo pueden abordarse colectivamente.
Y aquí surge la cuestión central.
Reconstruir el nosotros no significa pensar igual, votar por los mismos partidos ni abandonar las diferencias. Significa comprender que, aun desde posiciones distintas, compartimos problemas cuya solución exige cooperación, organización, instituciones responsables y participación democrática.
Significa que el estudiante pueda reconocer la importancia de una vejez digna; que el trabajador comprenda el valor de la investigación científica; que quien exige seguridad no tenga que renunciar a los derechos sociales; y que quien defiende esos derechos reconozca la legítima preocupación de las familias por vivir sin violencia.
Significa también recuperar el valor de los sindicatos, las juntas de vecinos, las organizaciones estudiantiles, las asociaciones comunitarias y tantos espacios donde la ciudadanía puede dejar de ser espectadora para convertirse en protagonista de las decisiones que afectan su vida.
La democracia no se agota en elegir autoridades. Necesita una sociedad capaz de deliberar, organizarse, fiscalizar y participar permanentemente en la construcción de su destino.
Por eso, el desafío no consiste en esperar otro estallido social ni en idealizar el pasado. Consiste en comprender qué ocurrió con aquella capacidad de reconocernos colectivamente y cómo puede recuperarse sin repetir los errores, las exclusiones y las frustraciones anteriores.
Quizás el agotamiento colectivo no sea el final de nuestra capacidad de transformar la sociedad. Quizás represente un período de repliegue entre la pérdida de un relato común y la posibilidad de construir otro.
Nada garantiza que ese nuevo relato aparezca. Tampoco surgirá solamente de la indignación o de las promesas de quienes buscan representar a la ciudadanía. Necesita confianza, organización, propuestas viables y, sobre todo, la experiencia concreta de que participar puede producir resultados.
Chile no carece de personas preocupadas por su futuro. Lo que necesita recuperar es la convicción de que ese futuro también puede construirse junto a los demás.
Porque el verdadero agotamiento comienza cuando una sociedad deja de creer en su propia capacidad de cambiar.
Y la posibilidad de superarlo aparece cuando comprendemos que los problemas del otro no son completamente ajenos a los nuestros, que el bienestar individual necesita condiciones colectivas y que el futuro de nuestros hijos no puede separarse del futuro del país donde vivirán.
El futuro de una sociedad no puede construirse únicamente desde las esperanzas individuales; necesita un nosotros que las reúna. Porque el nosotros no elimina nuestras diferencias, pero puede convertirlas en una fuerza creadora.
El nosotros no garantiza por sí solo un futuro mejor. Pero sin un nosotros capaz de pensar, decidir y actuar colectivamente, difícilmente podremos construirlo.
El futuro de Chile no está escrito. Y todavía podemos escribirlo juntos.
Apolo Olivares – Ex dirigente de la Universidad Tecnica del Estado
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