LA POLÍTICA DE LA CRUELDAD

Por: Juan Gabriel Vásquez

El País. 08 NOV 2026

Me gustaría pensar que la magnífica derrota republicana del martes responde también a un hartazgo de las maldades del trumpismo y no solo al precio de la gasolina

Ya se ha dicho muchas veces: con los resultados del pasado martes comienza el fin de la era Trump. Yo así lo creo y además lo espero, porque esta década de trumpismo no sólo ha destrozado el orden mundial (ese gran cliché) sino que ha degradado a los ciudadanos. A Donald Trump le quedan dos años en los que intentará romper lo que pueda, porque a partir de enero próximo no será solamente lo que en inglés se llama un pato cojo: será un pato cojo resentido, narcisista y sociópata que no tiene ya nada que perder. Luego se irá; y, si los demócratas consiguen recabar un mínimo de sensatez, presentarán un candidato que les permita volver a la Casa Blanca para reparar los destrozos —económicos, políticos, éticos— que Trump deja tras de sí. Pero hay destrozos que no se reparan, o no de inmediato. Trump no solo ha servido de paraguas a los autoritarios y a los plutócratas, no solo ha minado las instituciones con las cuales el mundo intenta ser más vivible, sino que ha normalizado el uso de la crueldad como arma política. Lo que escandalizaba a tantos en 2016 —la burla contra un periodista discapacitado, el menosprecio del sufrimiento de un prisionero de guerra— ya no levanta una ceja. Y ésta es una transformación que no es política, sino moral, y que no se irá a ninguna parte cuando se vaya el nefasto presidente.

Basta ver las razones que se han dado para esto que han llamado el tsunami azul. Hemos visto a Trump gritar que la culpa es de todos menos de él, y hemos visto a J. D. Vance —uno de los cínicos más grotescos de ese gobierno de cínicos— echarle la culpa de todo a la guerra de Irán: esa guerra opcional, caprichosa e irresponsable que encareció la vida para los consumidores norteamericanos. Y todas las encuestas que leo coinciden en que así es: el costo de la vida, que ha aumentado por la guerra y los aranceles absurdos, es la principal razón por la cual los votantes castigaron a los republicanos. En el segundo lugar del memorial de agravios ha aparecido un invitado imprevisto: la corrupción. Al parecer, a los republicanos no les ha parecido del todo aceptable que este presidente y su familia se enriquezcan obscena e ilegalmente mientras ellos, en cambio, tienen enormes problemas para pagarse la gasolina nuestra de todos los días. Pero no soy el primero en señalar que la desvergonzada corrupción de Trump y los suyos no les importó a los republicanos mientras sus propios bolsillos iban bien: mientras la gasolina siguiera costando lo mismo. En este sentido, su indignación era venal; bien lo intuyó Trump, que al final de la campaña prometió 5.000 dólares a cada republicano si las urnas le daban la victoria.

Pero en ninguna encuesta he visto que a los republicanos les haya parecido necesario usar el voto para repudiar un sistema que persigue a los débiles, causa dolor deliberado a las familias vulnerables, asesina a ciudadanos inocentes y luego los calumnia y los escarnece, y en todo momento y con toda política ha tratado de infligir tanto daño como sea posible a los que considera sus enemigos. Esto ha ocurrido a la vista de todos. A la vista de todos, el gobierno puso en marcha su política migratoria de “tolerancia cero”: niños pequeños, a veces de meses de edad, separados de uno de sus padres o de ambos, encerrados en jaulas como animales sin que nadie les explique convenientemente —porque esos niños no hablaban inglés— lo que les estaba ocurriendo. La revista ProPublica contó en 2018 el caso de 99 niños que acabaron en refugios de Chicago, deprimidos, enfermos y traumatizados; ese mismo año, The New York Review of Books publicó una carta colectiva, iniciativa de Alberto Manguel, en que un grupo de escritores quisimos denunciar lo que, en la práctica, eran campos de concentración para niños inmigrantes separados a la fuerza de sus padres. La administración acabó por echar atrás algunas de esas políticas de la crueldad, pero no todas; y en otras, en cambio, redobló los esfuerzos por hacer daño.

Eso ocurría en Texas. En 2022, el gobernador de ese Estado, Greg Abbott, llevó a un centenar de inmigrantes engañados hasta Washington y los dejó extraviados frente a la casa de Kamala Harris: un castigo simbólico para esos liberales despreciables que defendían las ciudades santuario. Era Navidad, era invierno y hacía frío; la crueldad de la situación no era un accidente: la crueldad era el objetivo. En julio de este año, Trump reenvió a sus millones de fanáticos el video de un grupo de niños somalíes de cinco años, cantando canciones somalíes y vistiendo ropa somalí: una imagen que, en opinión del comentarista original, era el ejemplo perfecto de que el país estaba siendo invadido. (“Futuros terroristas”, comentó otro votante MAGA). Otras crueldades son más abstractas o menos visibles para nuestra atención sobrecargada: por ejemplo, los recortes brutales de USAID, que causaron y siguen causando muerte y sufrimiento en todo el mundo, cortesía del infame Departamento de Eficiencia Gubernamental que Trump y los suyos se inventaron hace unos años. No es gratuito que hayan nombrado a Elon Musk para dirigirlo, por supuesto, pues se necesita otro sociópata para implementar correctamente esas políticas de la crueldad.

El daño deliberado a los más vulnerables ha sido siempre parte del manual del trumpismo. Los autócratas son así: no se trata de imponer una visión, sino de imponerla mediante la humillación y el pisoteo, de manera que se pueda hacer énfasis en la superioridad racial, política o económica de los poderosos sobre los que no tienen poder. No tienen que ser niños inmigrantes, ese blanco predilecto del trumpismo: incluso un jefe de Estado como Volodímir Zelenski fue deliberadamente humillado frente a las cámaras, sometido a las burlas de esa gavilla de quinta que rodeaba a Trump y obligado a aguantar el matoneo infantil pero cruel, pues Zelenski se jugaba el apoyo a su país en una guerra desigual contra una potencia agresora. Después de esa escena que a muchos nos dejó los pelos de punta, Trump dijo, en mi traducción aproximada: “Qué buena televisión será esto”. Es que la crueldad no sólo es el objetivo, sino el espectáculo. La crueldad no tiene sentido si no se transmite y se da a conocer; es decir, si no se ostenta, como se ostenta la riqueza.

Me gustaría pensar que los votantes estadounidenses repudiaron esto: la crueldad contra niños inmigrantes, el abuso de posiciones de poder o superioridad, el desprecio del sufrimiento ajeno o los excesos de los encapuchados del ICE, que han asesinado a varios ciudadanos en los últimos meses y luego los han acusado de ser delincuentes, igual que antes asesinaron a Renée Good y a Alex Pretti y los cubrieron de calumnias. Sí, me gustaría pensar que la magnífica derrota republicana del martes responde también a un hartazgo de estas crueldades. Pero no importa: creo que el paso de Trump por el poder ha transformado para siempre lo que el ciudadano está dispuesto a tolerar, e incluso le permitió al ciudadano —incluidos esos ciudadanos que son líderes de extrema derecha en otras partes del mundo— ir más lejos cada vez en el ejercicio de sus propias crueldades. “La empatía es la debilidad fundamental de la civilización occidental”, dijo Elon Musk en una entrevista del año pasado. Había gente en todas partes –también en España, también en Colombia– tomando atenta nota.

Juan Gabriel Vásquez. Nació en Bogotá, Colombia, en 1973. Es autor de siete novelas, dos libros de cuentos, tres libros de ensayos, una recopilación de escritos políticos y un poemario. Su obra ha recibido múltiples premios, se traduce a 30 lenguas y se publica en 50 países. Es miembro de la Academia colombiana de la Lengua.

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