Publicado por Miguel Ángel Roa Rioseco- El Malleco Noticias – 24-04-2026
Estudiante universitario fue fusilado en Angol por patrulla militar. En su memoria, la Asamblea de Estudiantes de Historia de la Universidad de Santiago inauguró mural conmemorativo.
En un pasillo central de la Universidad de Santiago (Usach), donde el tránsito no se detiene y las conversaciones se cruzan a diario entre estudiantes y académicos, hay ahora un muro que obliga a bajar la velocidad. Diez metros de largo por cuatro de alto, una superficie que no se mira de paso. El rostro de Ricardo Gustavo Rioseco Montoya aparece primero, como si saliera desde la pintura a saludar al que cruza por ahí.
A su alrededor, los signos. Los emblemas de la antigua Universidad Técnica del Estado, una placa que replica su nombre desde Angol, el verde espeso de la cordillera de Nahuelbuta y la silueta de la Piedra del Águila. Más abajo, los cuerpos ausentes, la pregunta que no envejece:
—¿Dónde están?
Y, hacia un costado, en tonos grises, la patrulla que lo mató. Este mural en la Usach no cuenta una historia, la deja abierta.
Hace unas semanas, la Asamblea de Estudiantes de Historia de la Universidad de Santiago inauguró este mural conmemorativo en memoria de Ricardo Gustavo, estudiante de Pedagogía en Historia de 22 años, asesinado la noche del 4 de octubre de 1973 junto al estudiante de enseñanza básica Luis Cotal Álvarez, de 15 años, por una patrulla militar del Regimiento Húsares de Angol.
La inquietud de los propios estudiantes por conservar la memoria de quien fuera alumno de la entonces UTE dio vida a esta obra, emplazada en un pasillo de alto tránsito que busca precisamente eso: instalar la memoria en lo cotidiano, en el paso constante de generaciones que ahora se enfrentan a esa imagen.
En la inauguración me correspondió hablar en nombre de la familia. Volver a ese relato, frente a su rostro pintado, tuvo un dejo de nostalgia inevitable. Recordé mi presencia en Angol el día del asesinato, el desconcierto que se instaló de golpe, y luego el encuentro con mi tío, padre de Ricardo, en la cárcel de Angol, detenido por ser el único regidor comunista. La angustia, la tristeza, las lágrimas: nada de eso se ha ido del todo.
El académico del Departamento de Historia, doctor Rafael Chavarría Contreras, destacó la importancia de resguardar la memoria de un estudiante que, décadas después, recibiría de la Universidad de Santiago el título de Profesor de Estado en Historia y Geografía en calidad de póstumo, en 2013. También se recordó lo que la justicia logró establecer tras años de investigación, cuando el ministro en visita extraordinario para los casos de crímenes de lesa humanidad ocurridos entre La Araucanía y Aysén, Álvaro Mesa Latorre, concluyó que estos hechos fueron provocados por agentes del Estado de Chile, determinando la responsabilidad de la patrulla del Regimiento Húsares de Angol, encabezada entonces por el comandante Alejandro Morel Donoso, quien firmó el acta de defunción de ambas víctimas.
Pero incluso esa verdad judicial no logra cerrar la historia. Ricardo fue detenido en el interior de su casa, en la entonces calle Agricultura (hoy José Luis Osorio), mientras que Luis Cotal fue apresado en el trayecto entre su casa y la de su abuela, a quien había ido a dejar remedios. Ambos estaban desarmados. Ambos fueron ejecutados. Dos historias distintas que la muerte juntó.
Durante años se sostuvo una versión que hablaba de un supuesto enfrentamiento, pero esa versión se desmoronó con el tiempo. Lo que permanece, en cambio, es el silencio. Un pacto que hasta hoy impide conocer el destino de sus restos. Fueron desaparecidos, aunque quienes participaron en su muerte saben lo que ocurrió.
Ricardo había llegado a Angol para visitar a su padre. Era estudiante regular de la entonces UTE, alma mater de la actual Universidad de Santiago. Fue un joven dedicado a su carrera, atento a las inquietudes sociales de su tiempo, deportista, también; era árbitro federado de fútbol. Lo recordaron cinco compañeros de curso de 1973 que asistieron a la ceremonia. Alguien cercano, con disposición constante a compartir, con una alegría que se hacía notar incluso en tiempos difíciles, dijeron.
El mural fue realizado por el artista Adrée Matraka, quien viajó desde Buenos Aires para trabajar especialmente en esta obra. En su composición conviven símbolos, paisajes y escenas que no buscan cerrar la historia. La leyenda que lo atraviesa —“Elegimos la Memoria para seguir luchando”— no es solo una frase.
Al final, lo que queda no es la historia ni el mural. Es Ricardo. En la voz de quienes lo conocieron no es únicamente una víctima ni un nombre en un expediente: es alguien que reía, que compartía, que tenía proyectos. Y quizás por eso el mural funciona. Porque entre colores y arte, entre memoria y denuncia, hay algo que insiste en seguir ahí. Como si en ese pasillo, entre el ruido cotidiano de la universidad, todavía fuera posible encontrarlo.
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