Por: Sergio Arancibia
El Desconcierto. 8 de mayo de 2026
La propuesta de invariabilidad tributaria es, en definitiva, un regalo para los empresarios grandes y no para los pequeños ni medianos.
El proyecto de ley que el gobierno del Presidente Kast envió recientemente al parlamento incluye la propuesta de asegurar una tasa fija de impuestos a las empresas por un periodo de 25 años. Esa idea de la invariabilidad tributaria no es nueva en Chile. Fue establecida por primera vez en el año 1974, bajo la dictadura de Pinochet, y asumió la forma jurídica de lo que se denominó el DL 600.
Ese decreto ley -que era la forma bajo la cual se legislaba en ese entonces- establecía que la tasa sobre las ganancias corporativas podía permanecer fija para la industria que lo estimase conveniente durante un periodo de 10 o de 20 años, pero la tasa que pagarían durante esos años era mayor que para todo el resto de las empresas, al momento de iniciar la inversión.
Es decir, la empresa se aseguraba contra eventuales incrementos de las tasas tributarias, pero quedaba obligada a pagar esa suma más alta de tributación durante varios años, para tener acceso a esa garantía de invariabilidad. La tasa fija que se establecía en el DL600 era de 42%. En el proyecto actual esa tasa es de 35%. La generosidad con el capital extranjero es mayor ahora que en el periodo pinochetista.
En el proyecto actual esa invariabilidad se establece por 25 años, bastante más que en el decreto pinochetista, que permitía periodos de 10 hasta 20 años para gozar de esa invariabilidad tributaria. Se podría decir, por lo tanto, que el proyecto actual otorga garantías más allá de seis periodos presidenciales, en los cuales no se podría modificar ni una coma de lo ya convenido mediante la ley actualmente en trámite.
El decreto ley pinochetista establecía esa invariabilidad tributaria de la cual venimos conversado solo para el capital extranjero que viniese a establecerse en el país. El proyecto actual establece que esa garantía queda también abierta para los inversionistas nacionales. Es decir, la idea ya no se puede justificar solo como una estrategia para atraer capitales extranjeros.
Queda abierta también la posibilidad de que para los inversionistas nacionales la tasa no sea de 35% sino menor aún. Además, queda la duda, muy válida en los tiempos presentes, sobre como diferenciar a los inversionistas nacionales de los extranjeros.
Hay que dejar claro, en todo caso, que esta posibilidad de acogerse a la ley de invariabilidad tributaria –en el caso que ella se apruebe en el parlamento- solo queda abierta para inversiones iguales o superiores a los 50 millones de dólares.
Se trata, en definitiva, de un regalo para los empresarios grandes y no para los pequeños ni medianos. Como elemento adicional, por si fuera poco, se establece que no se les podrá modificar a los inversionistas que se acojan a dicha invariabilidad ni el IVA ni las normas que imperan para efectos de exportación.
Como decíamos al principio, esta norma tiene su origen en la política económica de Pinochet. El DL 600 de 1974 no era bueno. Inventar algo peor era difícil. Pero se logró.
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