“DESAFÍO 90”, EL PLAN QUE NO FUE: ¿SE PUEDE ESPERAR ALGO DE LA CUENTA PÚBLICA?

Por : Germán Silva Cuadra psicólogo, académico y consultor – El mostrador – 01 de junio 2026

FOTO; Captura de pantalla/Agosto 2025

La Moneda había anunciado en enero que entraría con todo durante los tres primeros meses, en el llamado “Desafío 90”. Noventa iniciativas –entre proyectos, decretos y acciones comunicacionales– que ayudarían a prolongar por 90 días la llamada luna de miel entre el Gobierno entrante y la ciudadanía.

La promesa era llegar a refundar Chile. Con un diagnóstico equivalente al de un país devastado por la guerra o un megaterremoto, durante la campaña del entonces candidato José Antonio Kast se habló de que estábamos en ruina, al borde del despeñadero. En la franja televisiva se visualizó un país destruido, en caos y desorden. Se dijo que había 370 mil migrantes ilegales –hoy el Gobierno habla de 300 mil– que deberían abandonar nuestro territorio el mismo 11 de marzo –la promesa fue literal, aunque después supimos que era una hipérbole–.

Incluso, uno de los principales rostros de Republicanos llegó a afirmar en un programa que él y su familia no podían ir a un centro comercial después de las 18:00 horas por el temor a ser asaltados, a pocos días de la Navidad, horario en que estos estaban colapsados… pero de compradores.

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Frente a este diagnóstico dramático –pese a que Boric mantenía un 37% de apoyo en las encuestas y las cifras de delitos y macroeconómicas indicaban lo contrario–, Kast y su equipo conceptualizaron el eslogan “La fuerza del cambio”, ofreciendo un Gobierno de emergencia y reconstrucción. Y las promesas fueron sin matices, de blanco y negro. “Vamos a terminar con la migración ilegal, la delincuencia y el narcotráfico”, “vamos a recuperar la paz en La Araucanía”. Frases que los chilenos habían escuchado y comprado antes, como “se les acabó la fiesta a los delincuentes” o “fin de la puerta giratoria”

Así son las campañas, de lado y lado. Sobrando las promesas de cambios radicales y de refundación del país, como ha ocurrido en los últimos 20 años, incluidos los delirantes procesos constitucionales liderados, uno, por La Lista del Pueblo y, el otro, por Republicanos

Y, por supuesto, un número importante de chilenos, preocupados por la migración ilegal descontrolada, los portonazos y asaltos cotidianos, depositó su fe en las promesas de José Antonio Kast.

En ese momento, la oferta se presentó muy concreta, pese a que la racionalidad indicaba que eran imposibles de cumplir. Por algo las campañas políticas son cada vez más similares a la publicidad, y los votantes actúan cada vez más como clientes, por tanto, eso permitió que Kast subiera del 22% en primera vuelta al 58% en el balotaje. Por cierto, el electorado no sabía que lo que estaba comprando –perdón, votando– eran metáforas e hipérboles.

Una vez instalado el Gobierno, se produjo un giro insospechado. Alguien optó por que se pusiera énfasis en el plan económico como primera prioridad, y la gran promesa –que generó muchas expectativas– de controlar la delincuencia, narcotráfico y migración, pasó a segundo plano. Un error de diseño, que se sumó a la pésima designación de dos ministras clave –la encargada del tema seguridad y quien debía comunicarlo–.

Amparado en el concepto de “Gobierno de emergencia”, el Ejecutivo pareció entregar una señal errada a la ciudadanía, generando un cortocircuito entre promesa-expectativa creada y sensación de logro. Como bien dijo un político de centroderecha, “podemos estar dando la impresión de que esto es menos de lo mismo”.

Por cierto, el concepto de “emergencia” tenía un plazo muy breve de uso; de lo contrario, podía convertirse en un búmeran. Para ello, La Moneda había anunciado en enero que entraría con todo durante los tres primeros meses, en el llamado “Desafío 90”. Noventa iniciativas –entre proyectos, decretos y acciones comunicacionales– que ayudarían a prolongar por 90 días la llamada luna de miel entre el Gobierno entrante y la ciudadanía.

Sin embargo, el plan –elaborado por Bernardo Fontaine, exconvencional y hoy presidente del directorio de Codelco– se diluyó en tal forma que nadie habló más de él. En reemplazo, el Gobierno empezó a privilegiar el de “Ley Miscelánea” –imposible un nombre menos original y confuso– y luego Reconstrucción Nacional, un concepto usado en los primeros años de Pinochet y que intentaba connotar que el país estaba en la ruina.

Junto con guardar “Desafío 90” en algún cajón, La Moneda comenzó a asumir que no tenía posibilidad alguna de cumplir con las promesas hechas en campaña y que debía moderar las expectativas. Pero ya era tarde. Para empezar, se había desgastado prematuramente tres meses bajo la declaración de que gobernarían “desde el 15 de diciembre de 2025”.

Nueve viajes al extranjero, puntos de prensa casi diario del entonces Mandatario electo y ministros designados que comenzaron sus vocerías sin tener mucho que decir, salvo para criticar al Gobierno saliente y repetir las promesas de campaña. Es decir, más que bajar expectativas, las subió. Y llegó el 11 de marzo.

Así, la decisión política de privilegiar lo económico y dejar de lado lo que las personas esperaban, le significó que, a la primera semana en La Moneda, las encuestas mostraran una clara tendencia a la caída en la adhesión y una crecida fuerte en desaprobación. Todo esto sumado a los errores que dejaron en evidencia el amateurismo de varios ministros y hasta que la gota rebalsó el vaso con la salida de Sedini y Steinert, el ajuste de gabinete más rápido de la historia. Esta última terminó por abandonar el cargo después que reconociera que no tenía un plan, “porque nadie me lo ha pedido” (sic).

Y en paralelo, el festival de inconsistencias y lapsus del Presidente y otros personeros de Gobierno fueron dejando claro que la realidad había superado con creces a las promesas de campaña. Kast tratando de explicar las metáforas e hipérboles, el director de migración reconociendo que “nadie está obligado a lo imposible” para aclarar que no podrían expulsar a 300 mil migrantes, Arrau señalando que el Ejecutivo estaba siguiendo la Política Nacional de Seguridad… creada por Boric, y el ministro Barros reconociendo la semana pasada “no sé si se alcance a cumplir la zanja”

Así las cosas, el Gobierno perdió la oportunidad de golpear –como esperaba– en los primeros 90 días. Se los farreó. La luna de miel terminó prematuramente por un error no forzado. Por tanto, hoy, con la Cuenta Pública, tiene la oportunidad de darse un nuevo aire, sin embargo, difícilmente va a cambiar la percepción de no cumplimiento de la “oferta” –hipérboles– que prometió en campaña.

Es probable que hoy el Mandatario anuncie un paquete de proyectos ligados a la seguridad, lo que debió haber hecho el día uno, es decir, hace 81 días. Puede que también se plantee que los presos de alta peligrosidad no tendrán más visitas o que se cambiará la falta administrativa de quienes ingresan ilegalmente por delito, pero da la impresión de que es tardío para constituir una percepción favorable.

También es probable que el Gobierno continúe con algunas puestas en escena que algo ayudan –como poner un día a 100 carabineros en el Metro a la hora de los matinales–, pero de fondo, un giro radical, como el prometido, es muy poco probable que ocurra. Chile no es El Salvador de Bukele.

Basta recordar cómo empezaba el entonces candidato y hoy Presidente todos los debates. José Antonio Kast mencionaba a una víctima de asalto o robo ocurrido unas horas antes, advirtiendo que eso no ocurriría más desde el 11 de marzo, situaciones que –lamentablemente– seguirán pasando, porque, después de todo, el Mandatario solo estaba usando una hipérbole.


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