REFORMA AL SISTEMA POLÍTICO: MÁS LÁTIGO, MISMO DESORDEN

Por Agustín Vidal-Cádiz – Ciper Chile – 27-09-2026

Imagen de portada: Óscar Guerra / Agencia Uno

El autor de esta columna argumenta que la reforma que disciplina a las bancadas parlamentarias es un avance real pero insuficiente, porque ordena la fragmentación del Congreso sin atacar su causa de fondo: la falta de un umbral de representación. Concluye que «la reforma merece aprobarse, porque lo que trae es mejor que lo que hay. Pero no debería venderse como la solución a la fragmentación (…) La próxima discusión, y no debería esperar otra legislatura, es cuántos partidos puede sostener una democracia que necesita llegar a acuerdos».

En julio, el gobierno llevó su proyecto emblema, la megarreforma, a su votación final en la Cámara. Tenía los votos sobre el papel, pero le faltaron dos para aprobar la compensación a los municipios, y esa norma terminó en comisión mixta. La bancada del PDG, aliada clave del Ejecutivo, no votó de manera alineada. Dos días después, la escena se repitió en el Senado, donde la votación tuvo que postergarse porque el oficialismo no reunía sus propios votos en la Sala. No fueron derrotas ideológicas, sino de coordinación.

Mientras tanto, los partidos improvisan sus propias reglas. El PDG, por ejemplo, fijó que cada uno de sus diputados puede apartarse de la línea de la bancada en un máximo de tres votaciones. La paradoja es que el Congreso está por despachar una reforma pensada justamente para esto.»

Esta semana, en tanto, el gobierno perdió por un voto su reforma para ampliar la detención en procesos de expulsión: obtuvo 88 votos a favor, 28 en contra y 19 abstenciones, cuando necesitaba 89 por tratarse de una reforma constitucional. El oficialismo, el PDG y el Partido Nacional Libertario respaldaban el proyecto, y sobre el papel sumaban los votos. No fue una derrota ideológica, sino de coordinación, ya que dos diputados republicanos estaban en Estados Unidos con la comitiva presidencial y sus permisos no se tramitaron correctamente para descontarlos del quórum.

La paradoja es que, esta misma semana, el Congreso cerraba una reforma pensada justamente para esto. Por primera vez, la ley dará herramientas concretas para ordenar a las bancadas. Los parlamentarios elegidos por un partido formarán un comité con un jefe que autorizará y coordinará los pareos, y con estatutos capaces de sancionar a quien incumpla sus acuerdos. La ley de partidos declarará ese incumplimiento una infracción grave. Si un parlamentario renuncia, el partido conserva el financiamiento público que recibía por él y el comité mantiene sus asignaciones, de modo que el díscolo ya no se lleva recursos consigo. Además, los independientes no podrán superar la mitad de las candidaturas que presente un partido. Es un avance real. Pero llega incompleto, porque intenta disciplinar la fragmentación sin reducirla.

La evidencia sobre el período anterior ayuda a entender por qué. Un estudio de Faro UDD sobre las votaciones de la Cámara entre 2022 y 2025 muestra que los partidos más cohesionados fueron los de identidad ideológica más definida, como el Republicano y el Comunista, mientras los partidos tradicionales de centroderecha exhibieron menor unidad y concentraron a varios de los diputados más díscolos. Los independientes, como era esperable, quedaron al fondo. La lección es clara, la disciplina no nace de las sanciones, sino de tener un proyecto común que defender. Las reglas pueden reforzarla, pero no la crean.

Y aquí está el problema de fondo. La Cámara tiene hoy 15 partidos representados y ninguno de los tres bloques alcanza los 78 votos de la mayoría; de hecho, cinco partidos tienen tres diputados o menos. El mismo estudio advierte que la alta cohesión de algunas bancadas pequeñas se explica en parte por su tamaño, con pocos integrantes, hay menos espacio para divergir. Es decir, el problema de un partido de dos diputados no es su indisciplina, sino que es un actor más en cada negociación. Disciplinar cada una de esas unidades no reduce el número de puertas que un gobierno debe tocar; solo hace más predecible lo que encontrará detrás de cada una. Más aún, la reforma permite que los partidos sin representación suficiente para formar comité se sumen al de otro o se agrupen entre ellos, una solución práctica que administra la dispersión en lugar de corregirla.

Incluso el alcance de la disciplina es acotado. Las sanciones deberán respetar el debido proceso y no podrán privar a los parlamentarios de sus atribuciones legislativas. Cuánto muerdan dependerá de estatutos que cada comité escribirá para sí mismo.

La pieza que falta es la puerta de entrada. El Senado llegó a aprobar en 2025 un umbral del 5%, con una norma transitoria de 4%, pero a comienzos de este año la exigencia se cayó y el Ejecutivo avanzó con un plan alternativo. La principal objeción es que un umbral dejaría fuera a candidatos con votos suficientes en su distrito y entregaría ese escaño a otro partido. Pero ese argumento descansa en una premisa equivocada: que lo que merece protección es el desempeño individual. 

Un buen sistema político no busca premiar liderazgos personales, sino proyectos colectivos, partidos capaces de sostener una agenda común más allá de la figura de turno. Defender al candidato muy votado de un partido sin respaldo nacional es precisamente defender el personalismo que tiene al Congreso dividido en tantas bancadas. Por lo mismo, una reforma completa habría tocado también la forma en que se arman las coaliciones. Hoy los pactos electorales permiten que partidos pequeños sobrevivan colgados de listas ajenas, sumando votos en la elección para luego actuar por separado en la Sala. Se puede discutir la fórmula, pero no el problema, y es que mientras las coaliciones sean alianzas de conveniencia electoral y no compromisos de gobierno, el umbral y la disciplina solo harán la mitad del trabajo.

El proyecto sí endurece la barrera para existir como partido, al exigir más firmas y presencia en más regiones. Pero existir no es lo mismo que entrar al Congreso. Sin un porcentaje mínimo de representación, seguiremos teniendo comités más ordenados en una Cámara igual de dispersa.

La reforma merece aprobarse, porque lo que trae es mejor que lo que hay. Pero no debería venderse como la solución a la fragmentación. Disciplina sin umbral es poner orden en la fila sin preguntarse por qué la fila es tan larga. La próxima discusión, y no debería esperar otra legislatura, es cuántos partidos puede sostener una democracia que necesita llegar a acuerdos.


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