GOBIERNO DE KAST: ‘Stanno tutti bene’ (Todos están bien)

     Giuseppe Tornatore en Florencia, en 1989.Edoardo Fornaciari (Getty Images)

Por: Ernesto Ottone

El País.. 08 NOV 2026

Esconder las dificultades de un país con promesas que probablemente no se podrán cumplir es muy arriesgado, más que ambicioso es algo aventurado, pues afecta la vida de millones de personas.

Stanno tutti bene (o Todos están bien) es una muy buena película italiana dirigida por Giuseppe Tornatore en 1990, el mismo director de la inolvidable Cinema Paradiso.

La película es protagonizada por un Marcello Mastroianni ya mayor, envejecido, y al mismo tiempo talentoso y conmovedor, que encarna a Matteo Scuro un hombre modesto y sacrificado, ya jubilado quien vive solo en su Sicilia natal, un viudo que recuerda a su mujer y conversa con ella imaginariamente.

Su gran orgullo son sus cinco hijos ya adultos que viven, de acuerdo con lo que le cuentan, vidas exitosas en distintas ciudades de la península italiana.

Nuevamente le dicen que no podrán visitarlo en las vacaciones y Matteo consciente de que está en el anochecer de su vida, decide visitar a cada uno de ellos, casi como una sorpresa de amor paternal y de confirmación del sentido de su vida.

El viaje se transforma en un creciente desencanto, las vidas de sus hijos no son ni exitosas ni felices, se debaten entre frustraciones laborales y crisis familiares, nada guarda relación con los relatos de cartas y llamadas telefónicas que le han enviado por años, incluso le han ocultado el suicidio de su hijo Álvaro producto de una profunda depresión, quién se ahogó voluntariamente en el mar.

El regreso a Sicilia es triste, la ilusión ha muerto y no hay lugar para la esperanza, tampoco hay tiempo ni recursos. Cómo es su costumbre visita la tumba de su mujer Ángela, y siente la necesidad de decirle algo que tranquilice a la ausente, no puede comunicarle la triste realidad, le repite entonces la ficción edulcorada con que sus hijos han cubierto el fracaso y la penosa realidad. Le dice a guisa de resumen: “stanno tutti bene”.

Es una negación, una mentira conmovedora, realizada con los más nobles sentimientos para evitar el dolor que atribuye al ausente ser amado, guardando para sí la amarga verdad.

Recordé las palabras de Matteo, frente a una situación muy distinta en medio de la crisis generada por un error garrafal del actual ministro de Justicia en Chile al firmar el acortamiento de las penas de 56 reos de crímenes execrables la mayoría de violencia sexual a menores que ha sido recibido, como era de esperar, con el rechazo indignado casi unánime de la ciudadanía.

Todo ello cuando el país prosigue inmerso aun, pese a los esfuerzos realizados por las autoridades, en una aguda percepción de inseguridad ciudadana, con una situación económica marcada por el estancamiento, una inflación todavía alta y un desempleo que bordea las dos cifras (sin crisis internacional de por medio).

Todo ello se refleja en un hastío, un descreimiento y la impopularidad de quienes gobiernan que prometieron al llegar “el oro y el moro” como solía decir mi madre.

Pero la sorpresa es que, frente a ello, el presidente, con rostro casi ausente, ha señalado impertérrito “tranquilos, todo estará bien” y el ministro de Hacienda sin siquiera despeinarse señala que todo irá para mejor, que nuestro potencial económico llegará en los tres años que quedan al 4% de crecimiento y que el desempleo disminuirá al 6,5%.

No puedo juzgar intenciones, pero esa actitud me suena imprudente.

Está bien levantar el ánimo y negar el sufrimiento como lo hace nuestro buen Matteo Scuro para levantar el ánimo incluso de quien ya no está. Ello tiene una cierta nobleza de espíritu, pero existe una diferencia sustancial entre las tribulaciones de una familia y la responsabilidad de dirigir un país.

Esconder las dificultades de un país con promesas que probablemente no se podrán cumplir es muy arriesgado, más que ambicioso es algo aventurado, pues afecta la vida de millones de personas.

El deber del Gobierno, de cualquier gobierno, no es negar la realidad, no es el disimulo de la gravedad que tienen los errores, o de solo entregar respuestas de cambios que los eviten en el futuro, es su deber no reducirlos a los aspectos jurídicos convirtiéndolos en una cuestión técnica desprovista de una profunda visión moral, de una falta hacia el bien común de una desconsideración del dolor y el temor de las víctimas.

De lo que se trata es de tener el coraje frente a errores de este tamaño de no solo excusarse retóricamente y por supuesto prometer enmendarlo, se trata de que tengan consecuencias para quién o quiénes perpetraron el dislate.

No se puede continuar gobernando en el desorden, con más soberbia que templanza, con más rigidez que flexibilidad, se requieren cambios de método y de rumbo terminar con la pelotera actual del oficialismo o si hay diferencias insuperables en su interior hacerlas explícitas y generar otra dialéctica diferente para que funcione el Gobierno ojalá reforzando la democracia.

La oposición debería estar atenta a ello no elegir la vía necesaria, pero fácil, de quedarse en la denuncia sino de presentar una alternativa constructiva al país más eficiente ordenada y democrática.

Claro que los números tendrán que mejorar, empeorar ya casi no pueden. ¡Faltaba más!

Hay medidas aprobadas que quizás darán frutos, pero junto con retomar el crecimiento deberá disminuir la pobreza y las brechas de desigualdad que me temo, están subiendo. Como todo toma tiempo, dejemos los ardores doctrinarios y prioricemos la economía de los hogares, las inversiones no vendrán mecánicamente con las bajas impositivas.

Chile será tierra de inversiones si mejora la cohesión social y existen reglas más justas que sean respetadas por todos.

Una última cuestión que quizás debiera ser la primera: los resultados de la elección en Brasil con el triunfo de Lula, la incapacidad de Netanyahu para constituir Gobierno, pero sobre todo la enorme derrota de Donald Trump en los Estados Unidos muestra que la marea negra de la antidemocracia ha comenzado su declive.

Existe el comienzo de un renacimiento civilizatorio y democrático no menor, asoman elementos de una modernidad normativa que parecía extraviada para siempre en base a principios y no transacciones, con fundamentos democráticos y no autoritarios.

El narcisismo extravagante de Trump ha debido reconocer su derrota propinada por una marea azul democrática, pero sobre todo por una fuerte desilusión económica y política de quienes habían prestado oídos a sus delirios de poder.

El presidente de Chile debe tomar nota de un mundo que cambia, de una geopolítica que cambia, y que convendrá más a Chile que la situación actual, deberá adaptarse a un mundo donde sus concepciones doctrinarías irán quizás en retroceso y desarrollar entonces una política autónoma, que convenga a Chile, que evite la subalternidad y resista las presiones, sus viajes deberán ser viajes marcadamente de Estado, no mezcladas con actividades públicas con amigos afines impresentables al menos en la esfera pública, y quizás descubra así el discreto encanto de la diversidad y el pluralismo que tanto bien le ha hecho a nuestra tradición de política internacional.

Ernesto Ottone es doctor en ciencias políticas y autor de libros como 'El viaje rojo' y 'El segundo piso'. Fue asesor presidencial de Ricardo Lagos

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